Cine y literatura: Juntos pero no revueltos

“La novela es mucho mejor que la película”. Con esta sentencia tan rotunda, que tantos de nosotros hemos pronunciado alguna vez, quiero empezar mi primer artículo en la sección Desnudando el cine de CdeC.

Cuando hace poco menos de un año iniciábamos este proyecto de “cine”, una de las cosas que teníamos claras era que queríamos un espacio propio para los editores. Un espacio en el que poder reflexionar y exponer nuestra propia mirada del mundo del celuloide a través de distintos enfoques. Algunas veces analizando temas desde una perspectiva más subjetiva o trascendental, y otras veces planteando cuestiones mucho más pragmáticas. Algunos textos serán más livianos y amenos, otros serán más técnicos o crípticos. Sea como sea, lo que pretendemos es compartir nuestras dudas y conocimientos sobre la materia en cuestión, para así crear debates con todos nuestros lectores activos, que esperemos redunden en la adquisición de nuevas herramientas a la hora de apreciar el cine de una manera más analítica. Así que, sin más rodeos, centremos la cámara en el tema que quiero tratar.

La frase con la que empiezo el artículo no es fruto de la casualidad, si tenéis en cuenta que quién os está hablando es licenciado en Filología (que etimológicamente significa `amor o interés por las palabras´), bien os podréis imaginar que he pronunciado esa frase condenatoria en más de una ocasión.

A través de este artículo quiero, de alguna manera, redimirme de cierta culpa con la que cargo por no haber sabido valorar en su justa medida una película, por el simple hecho de estar haciendo una comparación odiosa con la obra en la que se basa. Todavía recuerdo como si fuese ayer, cuando entré en la sala de cine con unas ganas tremendas de ver la adaptación a la gran pantalla de la última novela de la trilogía vampírica de Anne Rice, La reina de los condenados (Michael Rymer, 2002). Sin embargo, lo que más recuerdo es lo desilusionado y engañado que me sentía al salir del cine, cuando lo que me había parecido lo mejor de la película era algo que no existía en el libro: la banda sonora. Me preguntaba cómo era posible que una escritora de la talla de esta señora, cediera los derechos para que explotaran su obra sin el más mínimo cuidado y respeto por el texto original. Incluso me llegué a preguntar si se habían leído los libros. Hoy sabemos que la misma escritora se desvinculó del proyecto viendo el rumbo que querían marcar el director y su equipo técnico. Debemos dar gracias a que las novelas están intactas y siguen siendo igual de absorbentes y profundas.

Fracasos estrepitosos de ese tipo los hay a raudales, por eso no son un buen ejemplo para desmitificar la frase que nos atañe, pero tengamos en cuenta que las cabezas pensantes que tiene que haber detrás de un proyecto tan complejo como el de trasladar al cine un texto literario, no deben ser ya maravillosas y geniales, sino más importante aún es que el texto original les cale bien profundo.

Muchas veces os habréis preguntado cómo es posible que de una novela que os parece original y os haya encantado, como a mí La reina de los condenados, salga un producto final tan flojo. Veamos pues, con lo que tiene que lidiar el realizador a la hora de trasladar el texto literario al nuevo formato artístico.

En primer lugar, y a mi entender, el director de la película ya no solo tiene que leer el texto original, sino que tiene que tomar conciencia del mismo e interpretarlo con sus propios recursos. Aunque pueda parecer una nimiedad, que sea el propio director el que escriba el guión o que tenga guionistas para dicho trabajo, puede cambiar mucho las cosas, pues la interpretación que hagan unos y otros del texto, puede ser significante y significativamente relevante. Sin embargo, la clave está en que quien adapte el texto literario a las necesidades específicas de la narración cinematográfica, debe conocer las reglas que separan y distinguen ambos mundos, así como poseer los conocimientos necesarios para que después del proceso de síntesis, el guión resulte cohesionado y coherente.

La capacidad de síntesis es fundamental, ya que a diferencia del texto literario en el que la duración no es una limitación, en la gran pantalla digamos que hay unos parámetros preestablecidos. Así, una novela, pongamos de cuatrocientas páginas, hay que “depurarla” hasta dejarla en aproximadamente en unas noventa o cien páginas de guión, que equivalen a una hora y media de metraje (duración estándar). Más difícil lo tenemos si nos enfrentamos a una novela mucho más voluminosa. Por supuesto, si lo que tenemos entre manos es una obra de teatro, la duración de la misma se adapta mucho mejor a la del cine, e incluso puede ocurrir el proceso inverso, y que un cuento de veinte páginas se convierta en una película de hora y media. De todas maneras, el proceso que más me interesa remarcar es el de grandes novelas que se transforman en películas, pues creo que es el más interesante y complejo.

Como nos podremos imaginar, incluso todos los que nunca nos hemos embarcado en semejante proyecto, lograr sobreguardar intacto el espíritu mismo de la obra literaria, teniendo que prescindir de gran parte de ella, no es una tarea tan sencilla como puede parecer en un principio.

¿Cómo puedo mantener la estructura de la obra original intacta? ¿Cómo puedo mantener la profundidad psicológica de cada personaje teniendo que obviar largos párrafos de reflexión interior? ¿Cómo puedo excluir escenas y que el texto siga manteniendo su coherencia? ¿Cómo transformo lo poético en imágenes? ¿Desde qué punto de vista me sitúo como nuevo narrador? ¿Cómo puedo superar las trabas espacio-temporales a las que me enfrento? ¿Cómo consigo recrear la atmósfera que impregna la novela?

Estas preguntas y otras muchas que cabría hacer, nos sirven para poder entender mejor la complejidad del asunto. Cómo las resuelven los guionistas y posteriormente el director, resultarán en una obra adaptada de mayor o menor calidad, pero exclusivamente como película, es decir, dentro de los valores críticos del arte cinematográfico, sin que debiera tener ningún peso ya la obra original en sí. De lo contrario “la novela es mucho mejor que la película” en un muy alto porcentaje de los casos. Esto no quita que la película de Michael Rymer siga siendo igual de mala como película y peor como obra adaptada, por muy sensual que esté Aaliyah en su papel de Lilith o por mucho que te guste Korn.

Tomemos ahora como ejemplo Doctor Zhivago (David Lean, 1965). Escojo esta película porque es uno de esos casos en los que he visto el film antes de leer el libro. Craso error, pues la lectura de la novela de Boris Pasternak, nos ayudará mucho a la hora de entender e interpretar la película. En cualquier caso, la mayor parte de cinéfilos que hemos disfrutado con esta tremenda epopeya en la pantalla, sabemos que no exageramos si decimos que es una auténtica obra maestra dentro del arte cinematográfico. Sin embargo, si antes o después (mejor antes) de ver la adaptación al cine nos leemos la novela de Pasternak, nos quedará un sabor de boca un poco amargo si realizamos una comparación, pues la complejidad estructural de la novela (multiplicidad de escenarios, gran número de personajes complejos y contradictorios con peso propio en la trama, flashbacks y forwards, escenas y diálogos cortados, etc.), provocan que la comparación entre la novela y la película (mucho más lineal y superficial, dentro de su propia complejidad) dé como resultado una balanza inclinada hacia la obra del escritor ruso. En cualquier caso, espero que haya servido para poder hacer entender que si valoramos la película únicamente como película, no cabe duda de que es una auténtica joya. Por eso, quiero animar a que cuando como espectadores nos enfrentemos a una obra adaptada, dejemos un poco de lado la obra original y disfrutemos sin prejuicios de la película, pues siempre estaremos en disposición de decir que la película no vale un comino; ni como película, ni como obra adaptada.

Para finalizar, me gustaría crear un poco de polémica, poniendo en entredicho la que para muchos es la mejor adaptación de una novela llevada al cine. Efectivamente, no es otra que la novela de Mario Puzo de 1969: El Padrino. ¿Es justo hablar de obra adaptada? Sin duda alguna, esta simple pregunta podría dar para cientos de artículos y muy probablemente no llegaríamos nunca a una conclusión clara, pues si tenemos en cuenta varios detalles, es lógico, en cierta medida, que dudemos de este estatus otorgado por muchos sabios. En primer lugar, ya antes de que Mario Puzo finalizara su obra, un productor norteamericano le había comprado los derechos para llevarla al cine. En segundo lugar, en el momento del estreno de la primera parte de la trilogía de Francis Ford Coppola en 1972, la novela no gozaba de mucha popularidad. Por último, y creo que es el detalle que más chirría, además de que sirve para poder volver a plasmar la dificultad de adaptar una obra literaria a la gran pantalla, es que Coppola no sintetiza la novela, sino que por el contrario, decide a través de la propia estructura de la novela, dividir su película en tres partes, transformando las aproximadamente 450 páginas de la obra original en tres guiones de unas 900 páginas en su conjunto y, aún así… ¡Tiene que eliminar escenas y prescindir de personajes! Sin embargo, no vamos a negar por ello, la maravilla cinematográfica que nos ha dejado el maestro.

Pero, entonces, ¿qué es lo que hace que El Padrino o Doctor Zhivago sean dos maravillas del arte cinematográfico, y que La reina de los condenados no pase de un producto vano? Pues para un servidor, la respuesta es sencilla: Las dos primeras logran su finalidad estética; es decir, logran recrear de una forma bella, con los medios y recursos propios de la modalidad artística en cuestión, la parte de la realidad a la que se enfrentan. Así, el señor Coppola logra recrear, con un detallismo escalofriante, la vida dentro de una organización criminal, aunque podemos ir más allá y poder afirmar sin miedo, que lo que recrea es la forma de vida americana en una época determinada. David Lean hace lo propio, pero en otra época y en otro lugar (en este caso, recrea la vida de la Rusia asolada por la guerra civil que siguió a la revolución bolchevique), y lo hace siguiendo los pasos de su protagonista, un médico de profesión con alma de poeta. Sin duda, las dos consiguen que nos sumerjamos en dos lugares y épocas que nos son lejanos en tiempo y espacio, pero que gracias a la maestría de sus directores, podemos visualizar y entender mejor. Sin embargo, la película sobre vampiritos músicos que nos ha traído Michael Rymer, dista mucho de lograr la carga existencial y el peso psicológico que envuelve a los Vampiros de Anne Rice.

Lo dicho: Valoremos el cine como cine y dejemos la literatura en su campo, aunque apreciemos y amemos lo que nos traen ambos de la mano. Y, que mejor forma de despedirme hasta mi próximo artículo, que con estas palabras de Pere Gimferrer  en su libro Cine y Literatura (1999), que sintetizan, de algún modo, lo que quería trasmitir:

“Como indagación de la condición humana, luminoso espejo de las identidades, empeño de la soberbia estética, el cine comparte con la literatura lo que el hombre tiene de gran enigma pendiente. Murmullos que prolongan el ciclo narrativo de la cultura, el cine y la literatura han sabido encontrarse y expresar los poderosos símbolos del siglo XX”.

Salud y Cultura!

Miguel Yáñez