De la locura, la soledad y el cine.

La relación entre vida y arte es mucho más íntima de lo que comúnmente nos atrevemos a afirmar. Algunos pensarán que el arte no tiene nada que ver con la vida, que prefieren vivir y no gastar su tiempo en banalidades culturales, en productos de nula relevancia para su quehacer diario. Otros pensarán que la vida está llena de arte, que todo es susceptible de convertirse en un punto, en un soporte para la expansión de la belleza. Mi ánimo, lejos de las ideas unidimensionales, me inclina, no obstante, hacia la segunda opción. Pero me gustaría explicarme. Por eso os ruego un momento de vuestro tiempo. Seguid, sin más, con vuestros ojos, los trazos de mi camino, entre el cine y la vida.

Ciertamente, pienso que todo lo que hay en el mundo es susceptible de convertirse en objeto artístico, en experiencia artística. Sin embargo, eso no me convierte a mí en un loco obsesionado o en buscador insaciable. No, procuro mantener la cordura en los límites de mi limitada sensibilidad, de mis limitados prejuicios y de mi limitada concepción del mundo. Me gusta pensar que un grito puede armonizarse con el sonido irrelevante de mis pasos. O me gusta pensar que una brisa puede retrotraerme recuerdos u olores de otra gente. Pero, repito, mi sensibilidad está limitada por el cerco de mi cordura. Cordura discutible y estabilidad dudosa, pero cordura. ¿Por qué me gusta pensar así?, ¿por qué me gusta disponer mi sensibilidad a la recepción de los hechos del mundo, a su asimilación semántica o sensitiva?

Quizás sea una predisposición de espíritu o quizás un vicio de profesión. Pero creo en una razón más honda, en un idea que es la que otorga sentido (¿o cordura?) a mi limitado delirio. Y es eso, no es otra cosa. Es el sentido de las cosas. Las cosas, los hechos en sí o las personas no tienen otro sentido, sino el que está definido por nuestra vinculación emocional, sensitiva y/o racional hacia ello. Recuerdo una frase insistente de Videodrome: “La retina es el ojo de la mente”. En efecto, la retina es el ojo de la mente… Pero qué de retinas y mentes hay en el mundo…

videodrome-1(David Cronenberg, Videodrome.)

¿Qué es, pues, lo que define nuestra retina, nuestra mente y nuestra predisposición hacia lo bello, hacia lo infinito, lo sublime o lo inquietante del ser de las cosas? Sentados en el mundo que nos toca vivir, movidos por impulsos que no son del todo nuestros, vivimos buscando la razón de todo. ¿Por qué mi madre es mi madre o por qué yo soy yo…? Recuerdo ese poema con el que se inicia Wings of Desire (El cielo sobre Berlín) de Wim Wenders: “Warum bin ich ich und warum nicht du? / Warum bin ich hier und warum nicht dort?” (¿Por qué yo soy yo y por qué no tú? /¿Por qué estoy aquí y por qué no ahí?). Ahí reside una de las razones. La conciencia del yo, del uno mismo. Y, como consecuencia, la conciencia de lo otro (ich, yo, du, tú).

El saberse distinto, reconocible por uno mismo y el saber que existe lo otro, lo reconocible como otro desde nosotros mismos. Surge así una relación bidireccional. Yo me reconozco a mí mismo. Reconozco a lo otro. Pero lo otro también puede reconocerse y, quizás lo más inquientante, reconocerme a mí. Que lo otro pueda reconocernos crea en el individuo un sentimiento de inquietud y necesidad. Vibramos por ser reconocidos y vibramos al ser reconocidos. Vibramos por el deseo de ser reconocidos, vibramos por la satisfacción de vernos reconocidos. Nuestra conciencia busca reconciliarse con lo otro y creemos que lo otro puede querer reconciliarse con nosotros. Pero anclados en nuestro punto egótico, buscamos dar vida a lo otro desde nosotros mismos. Es, por ello, que vertemos con el lenguaje (lengua, pintura, música, cine, arte…) nuestro sentimiento y sensibilidad. Pretendemos expresar nuestra vivencia, a la vez que pretendemos captar otras vivencias, mediante la sensibilidad de lo lingüísitco.

Por eso, mi ánimo se inclina a buscar vida artística en cada nimio ente de este mundo. Equilibrado, no obstante, por el límite de mi cordura. Vivo en una leve locura por el sentido de las cosas, quizás lo que me permite contaros el siguiente relato interpretativo sobre la locura, el arte y el cine.

Los locos pasionales.

Bajo el estilo pasional, desenfrenado y un poco con tramas cercanas al género del culebrón, Pedro Almodóvar nos ofrece en algunas de sus películas un perfil de personaje poseído por sus deseos. Pienso, concretamente, en La ley del deseo y Hable con ella.

En la primera película, el personaje interpretado por Eusebio Poncela, director de cine, se dedica, no solo en sus films, sino también en su vida, a crear un personaje deseado y manipulable según el antojo de sus apetitos sentimentales y eróticos. Dominado por la pasión que le provoca un joven, vierte sus fantasías sentimentales sobre él.

Esta situación sentimental enajenante se expresa artísticamente, por una parte, en el film mismo y, por otra parte, en las propias películas que crea el personaje director dentro de la obra de Almodóvar. La ley del deseo nos sorprende con un inicio desconcertante. Un joven sobre una cama obedece las órdenes de una voz grave. Se desnuda, se toca el paquete, se masturba; siempre bajo la mirada y voz de ese personaje fuera de campo. Es una película de Pablo (Eusebio Poncela). Pablo crea un objeto artístico en el que puede expresar sus sentimientos y necesidades eróticas.

laleydeldeseo(Pedro Almodóvar, La ley del deseo.)

Esta actitud la reproduce en el joven del que está enamorado. Rechazado por él, es incapaz de aceptarlo. Por eso decide crear una relación ficticia con él. Le escribe cartas de su propio puño y letra (en este caso máquina de escribir), para que se las reenvíe su joven deseado, firmadas por él. La incapacidad de que su hombre deseado le exprese su reconocimiento amoroso, le obliga a buscar el reconocimiento por su cuenta. La creación de un personaje y relación ficticios basados en su deseo e imposibilidad para olvidar.

Sin embargo, esta actitud se volverá en su contra. Desdichado en el amor, creando mundos y relaciones para su satisfacción, aparece alguien aún más enloquecido de amor que él. Antonio (Antonio Banderas) es un joven que se obsesiona con Pablo. Sin haberlo conocido en persona, habiéndolo visto en la tele, buscándolo en sus fiestas de estreno de películas, se crea una representación ídilica del director de cine. Esta forma de enamoramiento se reproduce más tarde en Hable con ella. Este personaje sufre un impulso incontrolable, irracional y pasional hacia un individuo que apenas conoce. Solo ha captado su esencia en un instante, un instante, por contra, lejano, representado a través de la televisión, en una entrevista televisiva. Lo que nos importa, no obstante, es la fuerza del deseo en el personaje de Antonio. Tal es la fuerza que le obliga a realizar una serie de acciones que confirman una patología mental. Pero, ¿por qué se vuelve en contra de Pablo la creación del personaje amado ficticio? Antonio, irracional, impulsivo, construye una relación no consensuada. Pretende poseer a Pablo. Pablo, quien creaba su propia relación sentimental en función de sus deseos y su situación no correspondida, es ahora el que sufre dicha situación. Ya no es sujeto deseante, es objeto deseado y, por tanto, susceptible de manipulación, tranformación y posesión por parte del loco creador. El loco: creador de vínculo emocional y sentimental con el objeto deseado, para provocar su asimilación y posesión. El loco, en este caso, hace un objeto de arte del otro.

Algo similar sucede en Hable con ella. Sin embargo, en esta película, la persona deseada se encuentra con sus capacidades mermadas. Ella está en coma. Esto no impide al esmerado enfermero crear una relación idealizada con ella. Hablar, habla con ella, pero no sabemos hasta que punto ella acepta esa relación. Pero lo que nos interesa es el carácter creativo del enfermero. Su actitud ante el ser humano inerte. Mientras todos le niegan su capacidad de entender y sentir, él se empeña en crear un vínculo afectivo. Se empeña en entablar una relación que transforma por completo su vida. La obsesión del personaje interpretado por Javier Cámara es tan intensa que provoca en él la más trágica de las decisiones. El frenazo voluntario a la vida. Paródijacamente para compartir el estado de inercia con su amada.

hablecon ella 2(Pedo Almodóvar, Hable con ella.)

Su empeño amatorio también genera en la mujer deseada una tranformación vital. La mujer despierta. Y todo gracias a la acción pasional de un loco. Un loco que, de nuevo, crea y manipula un ser humano, con la intención de satisfacer su deseo y, en definitiva, salvar la pesadez de la soledad; verse reconocido en lo otro. Un otro, una mujer, que no tiene conciencia, pero él se la reconoce…

La locura tierna.

En El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez encontramos de nuevo una respuesta de locura a los infortunios de la soledad y la vida. Un grupo de cómicos viaja de pueblo en pueblo intentando subsistir. Buscan y mendigan un poco de trabajo, un poco de dignidad. Comedias ligeras, necesidad de pan, frío en los caminos. Todo para llenar una vida que se hace por sí misma desgraciada. ¿Cuál es la respuesta a la desdicha de la vida? El amor al arte, la pasión del oficio, la perseverancia.

Pero el cine empieza a implantarse en la sociedad. El ocio raquítico de los pueblos de la meseta está cambiando. Ya no les atrae el cómico de carne y hueso, sino esas personas que se mueven como sombras, sobre pantallas planas. Ha llegado la época de la reproductibilidad técnica del arte. El cine suplanta al teatro barato de pueblo. El pan de los cómicos se lo come el cine. Sin embargo, no pueden con su tozudez. El arte los ha abstraído. Sufren las penas de la vida, pero están convencidos de su función, de su profesión y, en verdad, qué más saben hacer.

Así pues, el cine los expulsa de su medio de subsistencia. El patriarca, Fernando Fernán Gómez, disuelve casi a la fuerza su compañía, para unirse a una de la competencia. Y esperar de esta forma la, quizás, temprana muerte. Su hijo, interpretado por José Sacristán, se exilia a la ciudad, Madrid, con su prima y un compañero de fatigas. Allí continúan con su profesión. Pero relegados al papel de extras. Memorable los consejos de Juan Diego en el desempeño de la función de extra.

elviaje a ningunaparte(Fernando Fernán Gómez, El viaje a ninguna parte.)

Pero centrémonos en el personaje de José Sacristán. Rechazado en el amor por partida doble en la película, condenado a la miseria y la marginalidad, ¿qué escapada, qué sentido hay para su vida? Como artista, como cómico, la respuesta puede ser fácil: el arte, la farándula. Pero no suficiente. La necesidad y deseo de éxito, de reconocimiento, de trabajo glorificado por la sociedad provoca en el desafortunado cómico una identidad enajenada. La locura se asienta en sus recuerdos. Termina por crear una vida ficticia de su pasado, que tranquilice su final de existencia. Viviendo en una residencia para ancianos, gracias a la amistad mendicante y, quizás, a la caridad de un falangista, construye recuerdos desde sus deseos del pasado. Deseos nunca satisfechos, más allá de su locura. Este retrato del loco ilusionado por lo nunca sucedido se narra al tesón de una ternura comprensiva. La locura, la creatividad, el arte en uno mismo como respuesta feliz a la desgracia vital.

La locura contenida

El visionado de Loreak fue, entre otra cosas, el germen de este texto. Su íntima sensibilidad, su inspección en la necesidad de respuesta y su tratamiento formal y simbólico dejaron huella en mí. Sobre todo por su indagación en un aspeto crucial en la formación de nuestras identidades y recorridos vitales: la creación de vínculos sentimentales entre objetos, personas y nuestra vida interior. Todo ello para crear un relato sentimental de nuestro pasado. Es más, de nuestro pasado incomprendido. A través de los recordatorios, bien en forma de flores, bien en forma de conversaciones, creamos un recuerdo ficcional de nuestro pasado. Ficcional no por mentiroso, sino porque necesitamos llenar los pasos vacíos que han quedado entre las paredes del silencio.

loreak2(José María Goneaga y Jon Garaño, Loreak)

En un tejido de comunicaciones silenciosas, solo expresadas en pequeños gestos y mediante objetos, se crean relaciones entre personas, aparentemente, no vinculadas. Una señora recibe flores de un admirador desconocido. Su marido se inquieta. Necesita respuestas, necesita saber quién manda esas flores. A ella no le preocupa. El marido comienza a enloquecer.

El admirador es más cercano de lo que podríamos sospechar. Pero la receptora de esas flores tan bien enlazadas, no lo reconocerá hasta que esté ausente. A pesar de su ausencia, el vínculo está creado. Ella quiere continuar el ritual. Él ya no puede enviarle flores, pero ella quiere perpetuar esa práctica, inquietante, pero plena de sentido. La punzada que mantiene cohesionado el vínculo sentimental, a la vez que lo perpetúa: la entrega de flores. El tejido comienza a incluir a las personas periféricas de esta relación. Todas se preguntan, todas se inquietan. Todas se buscan para darse respuestas. ¿Cómo unas flores pueden crear tantas preguntas? Porque son la manifestación tangible de los huecos no sospechados en el pasado. Ahora en el presente, con vistas al futuro o al pasado necesitan encontrar el relato que dé sentido a sus preguntas. El sentido de estas flores. Un relato, en definitiva ficcional.

loreak4(José María Goneaga y Jon Garaño, Loreak)

Y ¿Dónde está la locura? En la práctica ritual, quizás. En buscar el conocimiento entre desconocidos. Solo por compartir un punto en común: la necesidad de encontrar entre todos una narración para lo que no comprenden. Sea como sea, queda sembrada la inquietud y la práctica ritual, el vínculo, se crea. Ya no son solo flores, sino la manifestación de una equilibrada locura; la que busca llenar con historia el dolor presente de la ausencia.

Conclusión

La relación entre arte y vida es demasiado estrecha. Arrojados desde el útero de nuestra madres. Desvinculados de la unión total con el mundo. Solo el arte, nuestra capacidad creativa de tejidos envolventes nos permite dar sentido a las cosas. Enajenados por la soledad, locos por buscar o por poseer una sensibilidad especial, el cine, la lente fílmica o la poesía, permite a unos pocos reencontrarse con el mundo y las personas. No dejéis de ser locos por algún instante, si ese instante os permite reconoceros más allá de vosotros.

Andrés Gato