Fuera de Concurso
Crítica de Cine: Mito erótico

Mito erótico

  • Título: Amantes
  • Vicente Aranda
  • 1991
  • España

En nuestra época, posmoderna, posestructuralista, donde la crisis de valores se ha instaurado, para que las voces de la gente cabal exclamen que no hay valores, el cine es el arte que más influye en la formación de mitos generacionales. Yo, que seré hijo del escepticismo y de lo posmoderno o que seré hijo de un puñado de lecturas, experiencias y pensamientos, sigo creyendo en los valores, pero los valores cambian y perviven como nostalgia en la madurez de los que tuvimos infancia.

No sé si será por mi memoria, por mi azar generacional o porque en mi vida cayeron ciertas imágenes y películas, pero en mi recuerdo permanecen algunas actrices españolas como el recuerdo (no solamente) de mi formación erótica. No sé si será porque las actrices son mejores que los actores en España, o si será mi tendencia heterosexual, o el timbre de su voz en el archivo de mi memoria, o el primer plano de un rostro de mujer, cuando yo era niño o adolescente. No sé si será porque algunas de estas actrices en las que pienso llegaron a mi vida de espectador cuando era niño o cuando la ternura y el fervor de la adolescencia.

Sea como fuere, en mi memoria residen Victoria Abril, Maribel Verdú, Aitana Sánchez Gijón o Ariadna Gil. Alguna se me olvida, seguro, pero todas forman una imagen del deseo, del despertar erótico, del amante silencioso ante la pantalla. Y vivieron en mi memoria como viven los recuerdos, dormidos hasta que se vuelve a visitarlos, hasta que se invoca su llamada, para enfrentar la realidad del deseo que fue. Pero también precondicionando cualquier visión nueva, cualquier visita nueva al mundo. Sus imágenes en pantalla proyectaron sueños míos de futuro.

Cuando la identidad, mi personalidad, presume estar formada, es decir, cuando ando sobre los 26 años, o cuando anduve sobre los 20, estas imágenes revivieron al ser vistas de nuevo, en la pantalla, en las películas. Aitana Sánchez Gijón me mostraba de nuevo su desnudo en Bajarse al moro o despertaba mi curiosidad erótica en Boca a boca. Algunas de las mencionadas se reunían en Belle Époque y le hacían la vida confusa a un pobre Jorge Sanz. Victoria Abril, mi mito erótico por excelencia, renacía con Amantes, dirigida por Vicente Aranda, un director que tras ver algunas de sus películas se me presenta como un guarrete de muy buen gusto y en el mejor sentido de la palabra.

Amantes está basada en un hecho real. Según su argumento podría entenderse como un melodrama trágico. Una pareja joven, una mujer mayor. La chica joven, mojigata, recatada, terca en su pulcritud carnal. La mujer mayor, el descubrimiento del mundo erótico, del juego sexual, de la necesidad de satisfacción y de la obsesión por la belleza instantánea. ¿Melodrama trágico, telenovela de sobremesa, novela erótica para salvar las pulsiones pornográficas de una moral austera? No. Cuando las artes del cine caen en buenas manos, en una buena mirada, la tibia línea que separa el desastre melodramático del análisis de la pasión y la sexualidad se ensancha. Deja aparte la manipulación barata y sentimental, para abordar con sensibilidad el encuentro de lo erótico, de lo sexual, de la pasión y el deseo.

En el frío y gris Madrid de finales de la posguerra, Paco, un joven egregado del servicio militar, decide probar suerte. Su novia, Trini, trabaja como sirvienta en casa de un mando militar. Paco vivirá de alquiler en el piso de una señora viuda, Luisa. El ambiente de la película oscila entre la frialdad cromática –grises, azules, ocres pálidos– de los espacios públicos, ajenos a lo sexual, y la calidez cromática del espacio íntimo, la habitación donde Paco y Luisa se descubren, se aman, se joden con pasión.

La institutriz de la sexualidad, de lo erótico, no es simplemente una guía por los mundos de las caricias, los besos y el yacer horizontal. Es también el gozne que provoca el viraje de la moral, de la necesidad de elección. Representación casi de la femme fatale: mujer bella, astuta, gobernadora de las pasiones del hombre, causa del crimen, del delito, de la sangre. Segundo ingrediente para una película digna del melodrama. Al sexo juntemos crimen. A la pasión ciñamos la sangre. Se acerca la crónica de periódico en la página de sucesos. Un plumilla becario supervisado por un versado cronista. Por todos es sabido, sexo y muerte y el público estará contento. Pero Amantes no es la mera satisfacción de las expectativas de la audiencia. Sí, recurre a la sangre y al crimen, pero no es gratuito, es la esencia de la película. El entorno: Madrid frío, rasgos de cine negro, lo militar, lo católico, el invierno de la posguerra. En secreto, en íntima complicidad, el encuentro del sexo, de la forma de vida prohibida.

En fin, Amantes, Victoria Abril, Maribel Verdú… Recuerdos de mi memoria erótica que brotan de nuevo al revisitar los films de finales de los ochenta y la década de los noventa. Qué pena que ya no tengan ese protagonismo. ¿En verdad perece lo erótico con la edad? ¿En verdad se merecen el desprecio de desaparecer casi por completo de la escena cinematográfica general? En el archivo de mi sensibilidad, de mi mirada al mundo, se encuentran documentos de imágenes (secuencias, escenas, planos…) que vibran con el relato personal de mi vida erótica.

Para terminar, me gustaría afirmar que el trabajo de las actrices aquí mencionadas es mucho más que materia para mi imaginario erótico. Las mujeres son más que Venus, son también Athenea, Ceres y Ártemis y otros muchas formas de ser que se me escapan. Pero esto ha sido un relato personal, que espero no ensombrezca su luz de Diana, su sabiduría de Athenea.

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