II Edición
Crítica de Cine: El amor romántico será la última ilusión del viejo orden

El amor romántico será la última ilusión del viejo orden

  • Título: Anna Karenina
  • Joe Wright
  • 2012
  • Reino Unido

Lo primero que no podemos evitar preguntarnos cuando nos colocamos frente a un texto tan reconocido y aclamado es, ¿cuál es el motivo de que la historia de Anna no pase de moda? ¿Por qué después de una novela de ochocientas páginas y seis adaptaciones cinematográficas aún tenemos ganas de más? Creo que la respuesta la encontramos en que la historia de Anna es la de una mujer que ve confrontadas sus responsabilidades con sus sentimientos. Alguien que no se identifica con los valores de su tiempo y que antepone el amor a cualquier otra cosa. Quizás, simplemente, la de una mujer que opta por la pasión y el romanticismo como remedio a una vida aristócrata y política, superficial en suma, que no le ofrece más que una amarga indiferencia.

Esta historia cobra sentido si atendemos al contexto histórico en el que nos encontramos: el de la alta sociedad imperial rusa del siglo XIX. La ostentosidad y el lujo como valores ensalzables frente al desinterés por la miseria humana. Una historia que implica una nada desdeñable distancia temporal con el tiempo presente y, con la que aun así, seguimos identificándonos. Una historia con temas universales que probablemente recobre –ahora que nos hallamos sumergidos en las entrañas de un feroz capitalismo– un especial protagonismo.

El gusto por las historias trascurridas en tiempos remotos es sin duda una de las características más identificativas del cine de Joe Wirght. Pero si en otras películas su trabajo me llamó la atención por la originalidad de sus propuestas argumentales (El solista), en Anna Karenina mi interés se centra casi exclusivamente en el terreno artístico.

Quien ya es todo un experto en el cine de época (Orgullo y prejuicio, Expiación) recrea a la perfección la sociedad del momento con un vestuario que no escatima en gastos y acierta; unido a una correcta elección de la banda sonora que ayuda a sumergirnos en la atmósfera típica del tiempo y lugar en el que nos encontramos.

Dentro de esta labor artística, sin duda alguna otro de los grandes aciertos de Wright es el uso de una exquisita fotografía por parte de McGarvey, quien ya había trabajado con Wright anteriormente en Expiación. Una fotografía que sabe sacar partido de los llamativos decorados, y de los 35 millones de dólares que se han dejado en la realización de la película. Una fotografía que se encuentra además al servicio de una puesta en escena totalmente innovadora. La historia de Anna nos es narrada como si de una representación teatral se tratase. Los límites entre el cine y el teatro nunca estuvieron tan difusos. El espectador asiste a un continuo ir y venir de personajes que salen y entran continuamente en escena. Wright busca hacer sentir al espectador partícipe de ese escenario que tanto se esfuerza en mostrar. Así, el espectador encuentra clara y marcada su posición en el patio de butacas. ¿Pero no es este precisamente el punto fuerte del cine, el de olvidarnos por completo de nuestra posición de observadores para pasar a ocupar la que, siguiendo con el símil, se correspondería con la posición del director de escena? Retomar las premisas del teatro para llevarla al cine es cuando menos una propuesta interesante e innovadora, pero solo sí se sabe conducir adecuadamente. El continuo y visible traspaso de un campo a otro (escenarios que se construyen con la misma facilidad con la que caen, devolviéndonos a una atmósfera que aunque teatral, se construye bajo las premisas cinematográficas) nos hace recaer de manera consciente en ese doble papel del espectador (de público y de director de escena), que reclama la imposición de uno sobre el otro.

En definitiva, una ampulosa puesta en escena que funciona estéticamente, ante un despliegue de imágenes visualmente sorprendentes y perfectamente encajadas a través de una cuidada  y original labor de montaje que, no obstante, opta por una excesiva hiperfragmentación de las imágenes que acaba por alejarnos emocionalmente de la historia, focalizando la atención del espectador en puntos que nada tienen que ver con la trama. Y si bien la estética de una película es importante, su labor siempre debe estar al servicio de la historia. Supongo que debido a todo esto me resultó especialmente difícil empatizar con los personajes. Y este es el mayor hándicap de la película: que los elementos estéticos luchan por imponerse a los elementos emocionales en vez de trabajar por funcionar de forma complementaria.

En el campo interpretativo hay que reconocer una magnífica interpretación por parte de Keira Knightley, a la par que un sorprendente Jude Law, que nos ofrece un registro totalmente diferente al que nos tiene acostumbrados, cosa que en cambio no podemos decir que pase con Keira. El otro personaje principal, sin embargo (el interpretado por Aaron Jhonson), es para mí un gravísimo error cometido por casting. No es solo que su interpretación no esté a la altura, que no lo está (a pesar de que el trabajo de ese mismo actor me haya gustado en otras películas como Nowhere Boy), sino que el perfil es totalmente desacertado. No es creíble: ni él, ni su relación con Anna. La química entre ambos (lo que en principio debía ser el plato fuerte de la trama) es inexistente.

Aun con todo, siempre es preferible autores como Wright que arriesgan y optan por proponer cosas nuevas, que aquellos que se repiten continuamente reutilizando una serie de fórmulas que ya saben que funcionan.

Deja un comentario