II Edición
Crítica de Cine: Orden y Caos

Orden y Caos

  • Título: Anticristo
  • Título Original: Antichrist
  • Lars von Trier
  • 2009
  • Dinamarca

Las películas de Lars von Trier, casi tanto como su personalidad, han sido desde sus inicios objeto de polémica, utilizada convenientemente por el director danés para publicitar todas sus obras. Esta dinámica ha continuado hasta que unas declaraciones ligeramente más irónicas de lo normal le condenaron a ser declarado persona non grata en el Festival de Cannes, lo que equivale a ser conducido, al menos por un tiempo, a la leprosería de autores consagrados y enfants terribles del universo cinematográfico.

Justo antes de Melancolía (Melancholia), el film en cuya presentación fue desterrado, Lars von Trier dirigió Anticristo (Antichrist), en mi opinión la última de sus creaciones realmente sólidas. El origen de la propuesta narrativa y artística de Anticristo se encuentra en las dos visiones enfrentadas (o complementarias) del mundo, la racional —masculina— y la emocional —femenina—, según la identificación clásica de Apolo frente a Dioniso. La película reinterpreta los mitos de la Antigüedad que muestran a la mujer en contacto con la Naturaleza, ebria, frenética, movida por pulsiones profundas, violentas y sexuales, y asume la tesis de cómo esas creencias en una mujer salvaje e incontenible se perpetuaron en el cristianismo, a través de los cuentos de brujas, y fueron utilizados para justificar la represión de la sexualidad y, junto a ella, de todos los instintos femeninos, asociados desde entonces por el poder con prácticamente todos los males que podían asolar a la humanidad.

En el afán de transmitir ambos universos de razón e instinto, las reacciones de los personajes y las situaciones que se presentan en el film resultan poco creíbles, por exageradas. Aburridas en la parte racional, llena de discursos y de contención forzada, y ridículas cuando se desata el universo simbólico, dominado por los impulsos irracionales (el zorro parlante ha quedado como un icono de la arbitrariedad autoral, objeto de memes y bromas por igual).

Parece necesario, una vez establecido el fondo, remarcar la voluntad que necesita Lars von Trier para mostrar formalmente dos mundos tan opuestos y que resulten coherentes. Visualmente lo consigue reduciendo los colores de la paleta digital de la alta definición, que se mueven entre el blanco y negro y una limitada gama de colores fríos. Narrativamente, cosiendo las dos partes casi irreconciliables de la película a través de las emociones de sus personajes, que transitan desde la insensibilidad hasta el desbordamiento, con la culpa como sentimiento que asegura la continuidad en la evolución de la historia y sus personajes.

Como en todas sus obras, el director ha vuelto a encontrar un artefacto nuevo, de puro lenguaje cinematográfico, capaz de hipnotizar y fascinar al espectador: la hiper-ralentización de la imagen en movimiento, que la reduce a la mínima expresión, casi a la imperceptibilidad. Estos planos irreales llevan a una reflexión sobre la manera de manipular el tiempo en el cine que emparenta, aunque sea por oposición, con el realismo de los planos inmóviles, casi inmutables, de Andrei Tarkovsky.

En cuanto al tratamiento explícito, o realista, del sexo y la violencia en esta película, debería ser leído como un paso más en la evolución natural de la representación de ambos temas en el cine. Dicha representación (que no es más que una estilización acogida a ciertos cánones cambiantes) comienza en el cine mudo con los besos a boca cerrada y las manos en la barriga tras un disparo, y llega hasta la penetración en pantalla de Los idiotas (Lars von Trier, 1998) y el desangramiento casi a tiempo real de Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992).

Cada tiempo ha tenido su canon moral respecto a lo que estaba permitido mostrar, y siempre han sido las películas polémicas las que lo han ido cambiando. En este sentido, la única obligación del autor es la coherencia entre lo que cuenta y cómo lo cuenta, y su derecho es utilizar los medios que considere válidos para tal fin. No creo que salvaguardar la moralidad del espectador sea función de un artista. Puede haber provocación en la intención del autor, pero es el receptor de la obra quien decide si es realmente válida la propuesta, si aporta algo a la tradición representativa, o es simplemente una fachada.

Con todas sus características, ajustadas o desatadas, Anticristo es una película imperfecta, e interesante. No hace falta creer en lo que está contando, ni escandalizarse por cómo lo hace, para encontrarse en un planeta inquietante, de imágenes en ocasiones hipnóticas, repletas de fuerza y belleza. La capacidad de Lars von Trier para manejar un tiempo propio, para crear mundos consistentes en cada película y para conmover de modo visceral al espectador consigue producir un cine profundo, con peso, con una carga visual importante, que sin embargo no evita apreciar las irregularidades y excesos de sus propuestas.

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