I Edición
Crítica de Cine: Un lienzo en movimiento…

Un lienzo en movimiento…

  • Título: Barry Lyndon
  • Stanley Kubrick
  • 1975
  • Reino Unido

El cine tiene su propio lenguaje. Hace de los sonidos y de las imágenes sus instrumentos para comunicar y estimular. Estos elementos deben combinarse con la historia para acompañar su significado, para completar sus mensajes o para darle mayor riqueza conceptual.

Siempre he sido un gran defensor del guion. Un buen texto es clave para edificar una buena película: disfruto con los diálogos interesantes, con personajes bien construidos y con una trama atractiva, al igual que me cabreo cuando me toman por tonto y me decepciono cuando un producto no explota todas sus posibilidades. En definitiva, el lenguaje verbal tiene una importancia capital en el film.

No obstante, también me encuentro entre los seguidores que admiran la técnica cinematográfica: que se dejan sorprender por un encuadre arriesgado, que disfrutan de una escena bien montada o que se sobrecogen ante un excepcional uso de la luz y el sonido. Esa técnica que confiere al cine su lenguaje característico. Y es en este campo donde la presente película se hace grande, soberbia, única.

Siendo el señor Stanley Kubrick como era (maniático, perfeccionista, escrupuloso), no es de extrañar que pusiera toda la carne en el asador para que su ambicioso proyecto de época consiguiera la excelencia estética y formal.

El genio neoyorkino (chúpate esa Woody Allen) confeccionó una auténtica máquina del tiempo, transportándonos en cada secuencia a la Europa del siglo XVIII como nunca antes se hizo y como, posiblemente, nunca se hará. A todo ello contribuyen el diseño de vestuario, los decorados auténticos de la época, los maravillosos paisajes de Irlanda e Inglaterra…

Pero sobretodo, la fotografía, a cargo de su habitual colaborador John Alcott. Pocas veces en el cine se ha conseguido tal realismo con la iluminación. Pocas veces se ha alcanzado la impresión de estar viendo un cuadro moverse en cada plano. La leyenda urbana cuenta que la cinta se rodó enteramente usando luz natural. Aunque esto es falso, sí es cierto que en los ambientes de interior, irradiados con velas, no se utilizó ninguna fuente eléctrica de alumbrado, siendo necesarias unas lentes especiales de la N.A.S.A. para rodar las escenas.

Mención aparte merece la música del film, siendo conveniente recordar que una de las (muchas) virtudes por las que Kubrick creó escuela, fue por su habilidad para encajar piezas musicales con las imágenes. En este caso, el deleite es máximo al componerse la banda sonora de piezas clásicas de Mozart, Schubert, Vivaldi… Y, cómo no, la inolvidable Sarabande de Haendel, omnipresente durante todo el metraje, acompañando secuencias memorables.

Aunque no por este despliegue técnico vayamos a pensar que el guión de Barry Lyndon flojea. El amigo Stanley escribió, a partir del texto homónimo de W. M. Thackeray, una epopeya de tres horas cargada de drama, romance, traición, tragedia… Un relato que avanza con un genuino ritmo pausado, mostrando unos acontecimientos siempre consecuentes y realistas.

Kubrick llenó su película con personajes de carne y hueso, capaces de lo mejor y de lo peor. Algunos son cobardes, otros licenciosos, unos son sumisos, otros pendencieros. Pero todos evolucionan a lo largo de la cinta, reaccionando antes los acontecimientos y tomando decisiones, bien movidos por la ambición, la compasión o el rencor.

Es una gozada escuchar su lenguaje, desde la bajeza de los soldados hasta la gélida cortesía de la nobleza. Estos diálogos permiten al espectador recrearse con conversaciones exasperantemente educadas entre personajes que en su fuero interno están deseando partirse la cara.

La descarnada narración ni siquiera permite simpatizar con el protagonista, ya que el señor Redmond Barry es un ser despreciable. Parte de la grandeza de la cinta está precisamente en descubrir como este joven irlandés, quien al principio nos parece ingenuo y enamoradizo, va usando su talento en el engaño y el oportunismo para medrar socialmente, sin importar todo el daño que haga a su paso.

Su representación corre a cargo de un convincente Ryan O’Neal, que consigue transmitirnos todo lo repulsivo y miserable que es su personaje, a través de momentos donde se muestra contenido, furibundo, elegante o altivo según convenga.

Su contrapunto lo pone una estupenda Marisa Berenson en el papel de su sufrida esposa, quien sostiene algunos silencios impresionantes, demostrando que, en muchas ocasiones, sobran las palabras.

Imprescindible por su atmósfera inigualable; por tener una de las BSO  y uno de los finales (ay… ese duelo) más espectaculares que existen; por ser la película con mejor fotografía en color que se ha rodado… En definitiva, por ser uno de los films más sobresalientes que se hayan hecho, traspasando su reconocimiento más allá del celuloide, para ser considerado por derecho propio como una obra artística patrimonio de la humanidad.

Barry Lyndon es una obra obligatoria para todo aquél que de verdad ame el cine. Dale una oportunidad, y puede que hagas el des-kubrick-miento de tu vida.

1 Comentario

  1. Muy grande Llopis! Para mí esta crítica debería estar en un lienzo, aunque para leerlas no haga falta ponerse unas gafas creadas por la NASA 😉

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