I Edición
Crítica de Cine: Los niños de la guerra

Los niños de la guerra

  • Título: Beasts of no Nation
  • Cary Joji Fukunaga
  • 2015
  • EE.UU.

Las balas lo devoran todo. No tienen clemencia, bandera ni razón. No buscan la paz ni la justicia, ni siquiera venganza. Se alimentan de la carne y la esperanza, y nunca pierden el voraz apetito que les provoca la guerra. Cary Joji Fukunaga, director de la extraordinaria primera temporada de True Detective, escribe y dirige este drama bélico basándose en la novela homónima del escritor nigeriano Uzodinma Iweala. La culpa de que esta excelente película haya llegado hasta nosotros la tiene Netflix, que se destapa como un fuerte postor de cara a la distribución de cine de alta calidad en la pequeña pantalla.

Agu (Abraham Attah) es un niño africano. No va a la escuela porque su país, que nunca se nombra explícitamente en la película, está en plena guerra civil. Para entretenerse, se las ingenia con sus amigos para vender objetos a los soldados que protegen la zona neutral que rodea a su aldea. Pero las balas lo devoran todo, y no hay zona neutral capaz de detener su apetencia.

La película que nos muestra Fukunaga desde el momento en que la guerra llama a la puerta del hogar de Agu es brutal, cruel y violenta. Separado de su madre, y con el resto de su familia asesinada a manos de un bando que, poco importa cuál es, Agu se adentra en una jungla inmensa, perfectamente fotografiada, densa, y de fachada imponente e inmutable, pero que esconde entre su frondosidad al ejército rebelde comandado por Idris Elba, quien acogerá a Agu con el fin de transformarlo en un peón más para su ejército de niños soldado.

Comienza entonces la decadencia. El niño muere, nace el soldado. Es un ritual mágico con el que engañar a los jóvenes soldados para que no le teman a la muerte, pero también es una metáfora de lo que vemos a continuación en la pantalla. Depravación, sangre. “Dios, ¿puedes ver lo que hacemos aquí?”. Llega un momento en que algunos buscan cualquier excusa para escapar del infierno que es la guerra y aislarse de la realidad. Unos encuentran una salida en el silencio, otros en la locura y, muchos de ellos, en la droga.

La historia que se nos narra acaba siendo un mazazo para la conciencia. El realismo con el que se afrontan algunas de las escenas hace que el género de la cinta diverja en el horror más puro y atroz. El hombre deja de ser hombre para vagar como una bestia salvaje. ¿Por qué luchamos? Hay que seguir las órdenes.

Los largos silencios en algunas partes del metraje solo sirven para adentrarnos más y más en la locura sin sentido que es la erradicación de toda paz y hay algún plano secuencia formidable, además de secuencias genialmente montadas, con las que se ilustra el paso del tiempo y el aumento de una carga que un niño no puede soportar, pero el punto clave a destacar en este drama anti-bélico es la interpretación de los actores principales, Elba y Abraham, y la evolución de su relación durante la película. Comandante y soldado, uno manda y el otro obedece, mientras que la crueldad del primero va emponzoñando progresivamente el espíritu del segundo.

Puede que en alguna ocasión, las reflexiones de Agu que escuchamos como voz en off resulten demasiado reiterativas, pero en la mayoría de ellas consiguen expresar con solvencia los sentimientos del que en el fondo, y a pesar de haber cometido atrocidades propias de un demonio, sigue siendo un pobre niño asustado: “I just want to be happy in this life”. Ojalá en esta ocasión la realidad no superase a la ficción.

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