II Edición
Crítica de Cine: Carol, tras el cristal

Carol, tras el cristal

  • Título: Carol
  • Todd Haynes
  • 2015
  • Reino Unido

Desde que se estrenó en España, el día 5 del mes de febrero de 2016, hasta la fecha de hoy, 5 de junio del mismo año, Carol, el último largometraje del director estadounidense, Todd Haynes ha sido objeto del efusivo aplauso por parte de críticos y analistas. Se trata de un paso determinante en la configuración del universo Haynes, como un referente de la realidad cinematográfica. A lo largo de su filmografía el director estadounidense ha ido tejiendo un discurso que cuestiona ciertos códigos morales de una sociedad retrógrada que continúa mirando con recelo ciertas realidades, que deberían comenzar a entenderse como tal. El imaginario Haynes gira en torno a la homosexualidad, al racismo, gira en torno a la mujer y a su reducida capacidad de acción y movimiento fruto de una falta de libertad que no termina por desaparecer, como demuestra hoy la existencia de personalidades como Donald Trump.

Basada en la novela de Patricia Highsmith The Prize of Salt (1952), la obra de Haynes es una suerte de elevación artística cuya revisión resulta tan insaciable como necesaria. El título no es casual, es el nombre del personaje al que da vida Cate Blanchett, a partir del cual la historia comienza a rodar.

La entrada de Carol a los grandes almacenes, sobrecoge e impacta a Therese (Rooney Mara) que se encuentra tras el mostrador, vendiendo los juguetes que millones de niños sueñan con abrir el día de Navidad. Habla poco y cuando lo hace, si lo hace, es con la mirada. No se necesitan muchas imágenes para saber que Therese está ahí tras el mostrador, alimentando la rutina y la monotonía de una vida vacía con un trabajo triste, y rodeada de personas hacia las que no sabe bien qué sentir. Y cuando Carol aparece vestida con su abrigo de piel, con sus guantes rojos a juego con el color de sus labios, contoneándose elegantemente en busca de una muñeca para su hija, Therese, se siente imantada, hipnotizada por la presencia de esa figura femenina que desprende seguridad y poder. Therese no le ofrece una muñeca, sino un tren, que bien puede tratarse del viaje que ambas emprenderán a partir de ese día, del cambio de vida que supone la llegada de Carol a esos almacenes; como la llegada de esa primera locomotora y la promesa de cambio que traía consigo.

Sin embargo, tras la brillantez de sus movimientos y gestos delicados: la manera de coger la copa de vino, de encender el cigarrillo, de soltar el humo…tras el lujo de su vestuario, la vida de Carol se encuentra sometida al peso de la tradición en la que se desenvuelve. No ama a su marido, Harge, lo único que le une a él es su hija, por quien sería capaz de renunciar a su naturaleza homosexual. Si de cara a la sociedad, se dedica a mantener una vida y unas apariencias propias de una mujer perteneciente a la alta esfera social, casada y con una hija que debe seguir sus mismos pasos; su vida verdadera se desdobla en la clandestinidad, en el anonimato. Carol, conocedora del efecto cautivante que ha causado en Therese, participa en el juego de miradas, y comienza a seducir a la joven con su imagen de mujer segura de sí y con gran experiencia. A diferencia de Carol, Therese desconoce la reglas y los códigos de ese mundo lésbico que palpita en lo oculto. Se entrega a ella embelesada y seducida por el rastro perfumado y que desprende.

Pero ¿qué es lo que busca Therese exactamente? Quizá solo se busque a ella misma. El personaje que encarna Rooney Mara, está en constante movimiento, sumergida en una realidad con la que no se siente identificada, y respirando dosis de oxígeno verdadero en cada encuentro con Carol. Therese es joven, humilde y apocada, parece insegura en todo lo que hace, incluso en los motivos de sus fotografías (texturas, rostros, personas…), ni siquiera segura de su orientación sexual, nunca dice nada, porque nunca está segura de nada; su don no es la palabra, sino la mirada y los gestos, que transpiran inocencia y fragilidad. La observamos a través del cristal empañado de un taxi, o de la lluvia que resbala sobre la ventana de una habitación inhóspita, siempre tras el cristal, donde tiene lugar su mundo real. La imagen difuminada de Therese remite a las fotografías del norteamericano Saul Leiter (1923-2013) que a menudo fotografió la realidad escondida. Las imágenes de Therese, aluden a esa soledad que se inhala en las calles de Nueva York, y que ha sido el motivo de las pinturas de Hopper, y de las novelas de autores como Paul Auster, La Trilogía de Nueva York ( 1985-1987), en la que define Nueva York como un espacio inabarcable, donde por mucho que camines, siempre permanecerá el sentimiento de estar perdido, como Therese.

El deseo entre ambas crece con la fluidez de la imagen, cada vez están más implicadas en la relación, y arriesgan más, en especial Carol, que debe luchar por la custodia de su hija.

El film comienza con el reencuentro de ambas tras unos meses de separación, cuando todo o casi todo ya ha sucedido, de manera que asistimos a su historia como si se tratase del recuerdo de un amor vivido que aún palpita. Una trama circular que el director cierra con el mismo reencuentro inicial, que ofrece un final inconcluso dejando lugar a la esperanza de que el amor entre Carol y Therese continúe fluyendo.

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