II Edición
Crítica de Cine: El germen de la Revolución Cubana

El germen de la Revolución Cubana

  • Título: Diarios de motocicleta
  • Título Original: The Motorcycle Diaries
  • Walter Salles
  • 2004
  • Argentina

Basada en Notas de viaje, el diario que Ernesto Guevara redactó sobre su travesía por el alma de Latinoamérica, junto a su eterno amigo Alberto Granado, Diarios de motocicleta se presta al estímulo de una historia real, de la gestación de un revolucionario al que la sociedad apartada del panorama indoamericano, le marcó hasta las entrañas. Walter Salles la presenta como un ensayo-documental humanístico, un ensayo que abraza a la cohesión entre los pueblos, a la amistad y al colectivismo –por entonces, ultrajado por Occidente–. Es brillante su capacidad para dibujar al Ernesto Guevara médico, compañero, amante y comandante de la buena voluntad, sin caer en los tremendismos que, después de ello, acontecerían en materia política.

Es cierto que Salles utiliza al personaje como vehículo para entablar una relación entre la naturaleza y el hombre, entre la desidia y el esfuerzo, entre lo primoroso de sus imágenes, lo trepidante de la aventura y lo emotivo del superviviente apartado del núcleo social. Sin embargo, lo emplea de forma tan sutil que ni siquiera da la sensación de ser el protagonista, mientras que, por razones concernientes a la estructura narrativa, es la historia de Latinoamérica la que se beneficia de su figura. Como road movie, la película está equilibrada, no deja de ser un resumen sobre las peripecias de dos amigos que se lanzan a explorar el corazón del Nuevo Continente, para después encontrar el retrato de una cultura, de unas costumbres sociales alejadas de todo aquello que se vive en las capitales de provincia.

La gran enfermedad de la que sufre Diarios de motocicleta es que no invita a la reflexión final, sino que se dedica a mostrar la paleta de colores, pero marcando los trazos hasta que el lienzo se completa y el público queda fascinado ante su belleza, incluso ante su magnetismo, pero no ante su objetivo.

A pesar de ello, el guión de José Rivera mezcla los ingredientes para que las fronteras sean entre la pantalla y el ojo que lo ve, pero no para quien vivió aquella situación separatista, sin que nada le separase más que los límites geográficos. El pequeño tufo a crítica condescendiente con su propio pueblo, y dañina para con la historia de la invasión española, además de provocar la emotividad con una de las lacras irresolubles de entonces –la dichosa lepra–, puede teñir de denuncia inválida, al retrato de un sistema de progreso fallido, ejecutado por y para el poder económico.

Inspiradora, la película evoca la transmutación de un personaje histórico, desde la teoría idealista, hasta la práctica realista. Salles prefiere reflejar la inmensidad del traje social que es la película, en un ambiente documental repleto de diálogos que provoquen asma en el espectador –como a su protagonista–. Eric Gautier encuadra, de forma inequívoca, cada trocito de vida que la aventura desprende, cada palmo del terreno explorado, con intensidad y mimo. Sobre los mismos pasos camina la música de Gustavo Santaolalla, empujando suavemente a cada género que aparece durante la película, jugando al despiste cuando alegra el drama, y desgarra la esperanza.

Si cuatro años más tarde, Benicio del Toro situó los límites del revolucionario adulto, en Che: Guerrilla y Che: El argentino (Steven Soderbergh, 2008), Gael García Bernal establece los del joven soñador quien, a golpe de realidad social, encuentra su logos, el paradigma de su existencia, en las causas libertarias. Como compañero de viaje, un Rodrigo de la Serna socarrón, superviviente nato y desesperado por cumplir con su objetivo. Existe un claro paralelismo entre la historia de ambos, pues Granado (de la Serna) es el pragmático que duda de sí mismo, mientras que Guevara (García Bernal) es el idealismo reflexivo, que admite variaciones siempre y cuando no afecte a su capacidad para cambiar las cosas.

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