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Crítica de Cine: Cine de evasión de alta calidad

Cine de evasión de alta calidad

  • Título: EL caso de Thomas Crown
  • Título Original: The Thomas Crown Affair
  • Norman Jewison
  • 1968
  • EE.UU.

“Mucho queso nunca es bueno, ni tampoco no comerlo” dice un viejo refrán que me viene como anillo al dedo para la ocasión. Como le ocurre al buen catador, el paladar se va convirtiendo cada vez más exigente para los más cinéfilos y muchas veces pasamos por alto películas que de entrada parecen no satisfacer nuestras expectativas. Esto es lo que me ocurre con el llamado cine de entretenimiento, que de tantas veces que me ha dejado vacío ya no me da apetito.

Sin embargo, de todo existe en el séptimo arte y debemos dar gracias a directores como Norman Jewison –En el calor de la noche (1967), El violinista en el tejado (1971) o Jesucristo superstar (1973), entre otras muchas– por hacer películas de entretenimiento sin renunciar a ser algo más.

El caso de Thomas Crown (1968) es una de esas películas que se eleva de forma superior a la gran mayor parte de sus hermanas que se pueden catalogar en este género tan amplio, que por definición se entiende como un cine ligero, sin grandes alardes (en cuanto a técnica narrativa y cinematográfica) pero con muchos fuegos artificiales (caras muy conocidas, lugares emblemáticos, lujo y despilfarro) y con todo tipo de licencias en su guión con tal de atrapar al espectador en su butaca y no hacerle pensar demasiado en los problemas cotidianos de la gran mayoría de los mortales, es decir, cine de evasión para una tarde de domingo. De todo eso tiene este film, pero gracias a la técnica narrativa y de montaje de Norman Jewison y, por supuesto, gracias a la colaboración del gran Steve McQueen (La gran evasión) y la espectacular Faye Dunaway (Bonnie & Clyde) (los dos están que se comen la pantalla), esta película se convierte en un auténtico estandarte de cómo convertir un guión con una propuesta ya muchas veces planteada en una película fresca y sensual, muy sensual.

Sensual, en cuanto a su carga erótica, pero también en cuanto a que acaricia todos los sentidos, sobre todo gracias a unas cuantas escenas memorables creadas por un auténtico poeta de la imagen, cuyo momento sublime, climático, se alcanza durante una partida de ajedrez en la que todos los elementos dispuestos en la pantalla adquieren una dosis de erotismo, a la par que la pareja protagonista se convierte en la perfecta representación de Ares y Afrodita; bellos, inteligentes y fuertes ambos, pero jugando con los peligros de un amor imposible.

Pero además de lo bien dirigida que está, de las excelentes interpretaciones de todo el reparto y del ingenioso guión (licencias aparte), todo el metraje está acompañado por una banda sonora y fotografía excelsas; Oscar a la mejor canción incluido en la gala de 1968 y nominada a Mejor banda sonora en los Globos de Oro de ese mismo año.

En definitiva, película más que recomendable para todo amante del celuloide con un final que tampoco defrauda. Así que podemos afirmar el dicho: No es malo comer queso de vez en cuando, sobre todo si es tan fresco y sabroso como este.

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