I Edición
Crítica de Cine: Penitencia y Perdón

Penitencia y Perdón

  • Título: El Club
  • Pablo Larraín
  • 2015
  • Chile

Hasta El Club, no había visto ninguna película del cineasta chileno Pablo Larraín, ni siquiera el celebrado drama periodístico sobre la dictadura militar de Pinochet, No. Tras haber visto y sufrido El Club, me he prometido solventar esta falta. Porque detrás de las incómodas imágenes de esta película, hay un director de una valentía y un arrojo estético (a pesar de que pueda parecer todo lo contrario), que viendo la reverencia general que se ha hecho hacia el film que me ocupa, es uno de los grandes directores con los que cuenta el cine latinoamericano de hoy en día.

Porque El Club es cine social, pero también cine moral. Es un thriller incómodo y un retrato de costumbres enraizadas, en un país con una semilla católica tan enraizada como Chile. El Club es denuncia racional y también grito desgarrador. Muchos han evocado a Haneke, probablemente por lo incómodo de la imagen y la violencia explícita e implícita del metraje, así mismo, a mí también me vino a la cabeza Pasolini, por su feroz crítica a la institución eclesiástica, pero también por la ambigüedad de su planteamiento: hay momentos durante la cinta, en los que, sin quererlo, sientes compasión por sus protagonistas, e inmediatamente después te lo reprochas a ti mismo, estableciéndose un diálogo espectador-pantalla que resulta especialmente doloroso por el componente moral, inmoral y amoral de todo lo que El Club plantea, y es mucho.

En un remoto, aislado, frío y nubloso pueblo de la costa Chilena, existe una humilde casa donde varios sacerdotes sobrellevan humildemente su existencia. La llegada de un nuevo inquilino quiebra la –aparente– calma con la que estos religiosos viven, a la vez que revela y nos revela las verdaderas razones de ese aislamiento, unas razones que siempre están teñidas por la hipocresía de la iglesia. En esta casa encontramos antiguos abusadores de menores, sacerdotes que robaron niños a madres jóvenes, posibles chivos expiatorios del triste pasado político de Chile, hombres atormentados por una condición sexual que siempre pesa como un yugo, o simplemente, desmemoriados incapaces de recordar el horror que causaron, seguro, en el nombre de Dios… Pero ninguno de ellos es inocente, y aunque ninguno de ellos sea capaz de olvidar, todos han aprendido convenientemente a maquillar la verdad, su verdad, y disfrazar el odio de sus almas con devoción y penitencia.

Y gracias al sublime trabajo de dirección de Larraín, al prodigioso guión de Guillermo Calderón y Gabriel Villalobos, y a un reparto completo en estado de gracia, El Club se convierte prácticamente en una obra maestra, una de las películas más incómodas (y necesarias) que recuerdo en mucho tiempo. Es un prodigio la dinámica coral de sus actores: el patetismo traumático de Roberto Farías, los restos de humanismo (sólo los galgos que aparecen en la cinta merecen el perdón del que sus dueños tanto hablan) y del conflicto sexual de Alfredo Castro como el Padre Vidal; el alcoholismo y la crueldad disfrazada de lágrimas del Padre Ortega encarnado por Alejandro Goic, las seguras mentiras de Jaime Vadell como Padre Silva, el misterio inquietante detrás del silencio de Alejandro Sieveking, ese conveniente velo institucional e inquisidor (por contrarios que parezcan los conceptos) que representa Marcelo Alonso, y finalmente, la crueldad disfrazada de servilismo de la hermana Mónica, a la que da vida magistralmente Antonia Zegers; todos ellos constituyen el precario y repugnante universo hermético que compone El Club.

Finalmente, entre tanto dolor, pasado y presente, El Club deja poco lugar para la esperanza. La iglesia, como el negocio y empresa más antiguo que existe sobre esta tierra, sabe maquillar sus faltas y ocultar a sus culpables. La llegada del intruso como catalizador de la posible autodestrucción del club sólo se salda con un cerramiento más férreo y con el absoluto convencimiento de que Dios perdonará a estos pecadores. El espectador queda noqueado, ante lo poco que se puede hacer, ante tan poca luz y tanta oscuridad. Pero, al menos, existe gente valiente, como todos los implicados que han hecho posible esta película, que no se resignan a manchar el nombre de Dios con gente tan pueril como la que aquí hemos conocido.

Julio Rojas

16 noviembre, 2015
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1 comentario

1 Comentario

  1. Suena a pura desolación, pero creo que hay que verla, discutirla, transmitirla en las aulas, señalar las conexiones con nuestra desgraciada historia de España. Los trapos sucios, está claro, hay que lavarlos… en la PLAZA PÚBLICA.

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