I Edición
Crítica de Cine: Las manzanas podridas

Las manzanas podridas

  • Título: El Club
  • Pablo Larraín
  • 2015
  • Chile

“Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas[Génesis 1:4]. Ésta es la frase que da inicio y forma al último largometraje de Pablo Larraín. Siguiendo la línea de sus anteriores films, el director chileno vuelve a zambullirse de lleno en un tema de especial delicadeza para la sociedad actual. En esta ocasión, abandona el periodo dictatorial de su país, un tema muy presente en su obra, y nos muestra el constante esfuerzo de la iglesia católica por ocultar sucesos reales acontecidos en su propio seno, como la pederastia o la represalia hacia la homosexualidad. La búsqueda por separar aquellas manzanas “podridas” en un cesto, en este caso constituido como una casa de retiro espiritual perdida en un pueblo alejado, donde conviven en el exilio y cesados de sus labores cuatro curas y una monja.

Merecido queda el amplio reconocimiento internacional obtenido hasta el momento en el circuito de grandes festivales ─entre ellos el Oso de Plata Gran Premio del Jurado, en la pasada edición de la Berlinale─ continuando así con la buena trayectoria cinematográfica de Larraín, iniciada en el año 2006 con La Fuga. Una vez más, el cine latinoamericano nos da una lección de cómo dotar a una película de un mensaje profundo, transportado por una aurora de sensibilidad inusual en este mundo cinematográfico plagado de violencia gratuita. Un drama que arroja luz sobre un tema oscuro, desconocido hasta hace bien poco, una preocupación global con mucho calado en nuestro país, pero de la que poco nos había llegado desde el otro lado del océano.

Un grupo de curas es escondido de la justicia en una pequeña casa a los pies del mar. Sin apenas contacto con el mundo exterior y bajo los cuidados de una amable monja, la situación parece idónea para que los inquilinos expíen sus pecados. Sin embargo, la llegada de otro cura desatará una serie de sucesos que reavivará las llamas de sus crímenes pasados y un nuevo cura será enviado desde la capital para solucionar la situación. Sus métodos no serán aprobados por los “residentes”, ni por su “carcelera”, bajo cuya aparente inocencia también subyace un traumático recuerdo.

El guión de Daniel Villalobos y Guillermo Calderón estructura una película donde nada queda al azar y es que desde el comienzo del film nos van lanzando detalles sobre cómo son realmente los inquilinos de la casa. Diálogos que esbozan la codicia de uno, silencios y miradas recelosas que designan los gustos reprimidos de otro. Un trabajo de escritura acompañado por una buena elección de la localización y el decorado, que ambientan una narración con un ritmo más bien lento y un montaje pausado. Destacan los primeros planos, destinados a enfatizar las confesiones de los personajes, sumados a planos abiertos, paisajes vacíos de objetos y repletos de nostalgia y de dolor.

Para interpretar a estos personajes, Pablo Larraín cuenta con un sobresaliente Roberto Farías (Sandokan) y vuelve a recurrir a actores que le han dado muy buenos resultados anteriormente como Antonia Zegers (Madre Mónica), Jaime Vadell (Padre Silva) y Alfredo Castro, este último es un clásico en la filmografía del director chileno y una vez más vuelve a destacar con una actuación desgarradoramente brillante encarnando al Padre Vidal.

Como en su anterior película (No, 2012), Larraín dota a la imagen de una estética muy particular, nada ostentosa pero caracterizada por un empaño hitchcockiano que realza esa sensación de tiniebla, de inestabilidad emocional. Una penumbra que sobrecoge aun más cuando viene acompañada por una banda sonora conformada por versiones de cánticos eclesiásticos.

La figura de la Iglesia está presente en todo el film. No solo a través de la música, también en la imagen encontramos diversos simbolismos de pasajes bíblicos, como el viacrucis; el transporte de la cruz, la penitencia. Precisamente esa es la intención del director, mostrar la penitencia de los inquilinos, pero sobretodo hacer pasar penitencia al espectador mostrando lo que el ser humano es capaz de hacer a otro ser humano y las consecuencias que ello conlleva. Escenas y diálogos incómodos, crudos, reflejo de la deshumanización, de valores corrompidos, de ceremonias más cercanas a lo satánico que a lo cristiano. De hecho, esta última contraposición está presente en toda la película ¿Dónde se pasa de un lado al otro? ¿Devoción o fanatismo? ¿Fe u obsesión?

En definitiva, prepárese para ver una película dura pero muy recomendable. Una mirada crítica sobre una herida abierta que la Iglesia se empeña en ocultar más que en cerrar. Una buena reflexión sobre las consecuencias de actos pasados en el presente de muchos. Por último, prepárese para una resaca de emociones y pensamientos al terminar el film.

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