Fuera de Concurso
Crítica de Cine: Fin de raza

Fin de raza

  • Título: El desencanto
  • Jaime Chávarri
  • 1976
  • España

Escribir sobre el El desencanto invita casi inexorablemente a relatar las condiciones previas al rodaje. Es decir, explicar cuál fue la situación que condujo a Jaime Chávarri a adentrarse en la dinastía de los Panero.

Rescatemos, pues, el principio de la historia, la historia que comienza antes de la película. El joven director Jaime Chávarri tenía la idea de rodar un corto en un manicomio, para presentar las terroríficas condiciones de estas instituciones sanitarias. No obstante, el aún oscurantista régimen social del final del franquismo se lo impidió.

Aparece así la figura de Mitzi Panero, el hijo menor de la dinastía, quien invita al director de cine para que ruede la casa y la familia Panero. Según Chávarri esta idea no le seducía demasiado; conocía a Mitzi de tomar copas, imaginamos en los ambientes nocturnos del Madrid de la época. Pero aparece un personaje o persona, aún no sé si son personas o personajes los integrantes de esta familia. Este es Felicidad Blanc, la madre, y Chávarri no pudo negarse y comenzó a adentrarse en una familia en manifiesta degradación, en ya decadente deriva, que les obligaba a vender casi todo el patrimonio para subsistir.

Chávarri inicia la grabación, las entrevistas, todo ello sin guión. Al poco tiempo se da cuenta de que ahí tiene material no solo para un corto, sino para un largometraje. Es entonces cuando habla con el productor Elías Querejeta, un nombre que siempre o casi siempre está vinculado a joyas de nuestro cine, para pedirle un par de cámaras y continuar este viaje que, a un servidor, no deja de asombrar y abrir un conjunto inabarcable de interpretaciones.

Ahora intentemos situar a la familia. Leopoldo Panero, considerado el poeta oficial del franquismo, incluido en la generación del 36 según los manuales escolares, había muerto unos 13 o 14 años antes. La figura patriarcal se había desvanecido por acción de la muerte, la descomposición, pero permanecía como hálito metafísico sobre la casa provincial, como huella fantasmal sobre el decaer gradual del hogar.

Felicidad Blanc y Leopoldo Panero son los responsables de haber traído al mundo a tres personajes (o personas…) que son incapaces de dejar indiferente a nadie. El mayor, Juan Luis Panero, el mediano Leopoldo María Panero, el menor Mitzi Panero. Todos poetas.

Ahora, vayamos a la película, vayamos a ese mundo en el que todos los personajes (o personas…) de la familia se muestran con una honestidad y vocación de brecha emocional curativa que sumerge al espectador no ante un espectáculo, sino ante un retrato. Retrato complejo que se pliega al principio, para desplegarse después. O, quizás, visto ahora desde la distancia, el pliegue y el despliegue son simultáneos… Intentaré organizarme para explicar todo esto.

Por una parte está Mitzi Panero, el invitador, el más joven. El hecho de que sea el más joven puede explicar la actitud de Mitzi. Anda por la casa, habla con su madre, con Juan Luis, su hermano. Pero lo significativo de su actitud es ese carácter indagador para descubrir una historia que, seguramente, por su juventud, le fue velada. No obstante, quizás no tan velada, si atendemos a como narra el desengaño que sufrió con su padre, cuando este último le negó la atención paternal a un niño; debibo, de forma muy probable, a la borrachera y carácter arisco de Leopoldo padre (según Mitzi el coche de su padre llegaba haciendo eses).

Pero, repito, lo relevante es su actitud indagadora. Las entrevistas entre él y su madre son maravillosas. Un hijo joven, pero adulto, que descubre y redescubre a su madre. Un hermano menor que discute con su hermano mayor, cada uno exponiendo su visión, cada uno marcando su interés, enfatizando su personaje, hasta que Mitzi exclama: “Fin de raza”.

Juan Luis, el hermano mayor, interpreta un personaje con rasgos de poeta trasnochado. Cantos de versos a paladines, viste capa, enfatiza su vida pendenciera y recalca sus contradicciones. No dejan de ser rasgos de una máscara que muestran con fidelidad el cuerpo y alma que ocultan.

Es curioso, pero en la película nuncan hablan entre sí Juan Luis y Leopoldo María. Nuncan comparten plano. ¿Será que los dos intentaron ocupar la posición del patriarca? O ¿Será que, en verdad, Juan Luis no quería enfrentarse a Leopoldo María, el verdadero genio de la familia? Genio patente desde su aparición verbal en la película. De tal forma que es capaz de dar un vuelco a la película, provocando una apertura emocional y vital más amplia todavía. Y esto se debe no solo a su genialidad, sino a su capacidad certera de herir la máscara con su palabras. Cito de forma no literal: hay dos formas de contar la historia de esta familia, la épica y lacrimosa y la que cuenta la verdad.

Pero el personaje central es Soledad Blanc. Esa mujer mayor, anciana, con el pelo blanco y los recuerdos brotando de su boca con voz pausada, movida al ritmo del recuerdo, al tanteo de sus sentimientos, al remembrar una vida que vuelve, que se expresa en su voz. Y su voz es libre, liberada. Porque ella nunca lo dice, pero se adivina, se intuye, que vivió bajo el yugo de un tirano, de un personaje, Leopoldo padre, del que estuvo enamorada y al que seguramente quiso, pero que fue un compañero de vida difícil. Y así, la madre expresa con total transparencia recuerdos de su vida, una voz que se siente desahogada, sin presión. Cada vez que vuelvo hacia esta película, añoro —sin haber vivido en ese tiempo— el tiempo en que la gente hablaba así. Sin prisa, respeto por el tiempo, por el silencio y por la conversación del tiempo pasado, orientándose al eterno.

Breve perfil de los personajes (o personas…) he pintado. Pero los trazos de la interpretación no se agotan. Es una película rica e inagotable. Es, ante todo, una purgación emocional de los miembros de la familia. Una terapia artística y personal. Pero es también un retrato de familia que viene y apunta a la decadencia: familia del poeta oficial del franquismo, patriarca muerto, propiedades en venta (libros dedicados, cuadros, fincas y casas…). Un hijo en hospitales mentales, otro con cara de niño reclamando conocer el pasado que vivió solo en infancia. El mayor… el que vive en la máscara… Por eso, la película se pliega y despliega simultáneamente y en dos partes. En dos partes, porque con la aparición de Leopoldo María Panero, la historia se vuelve más intensa, más directa, más certera. Simultánea, porque aunque en la primera parte son máscaras y presentaciones de personajes, esos personajes ocultan y revelan una vida y forma de ser que se agota, agoniza y pierde su valor, solo conservado en la voz de Soledad Blanc.

Deja un comentario