II Edición
Crítica de Cine: Escenificar el horror

Escenificar el horror

  • Título: El hijo de Saúl
  • Título Original: Saul Fia (Son of Saul)
  • László Nemes
  • 2015
  • Hungría

El hijo de Saúl de Lázló Nemes es una película importante, un monumento. Independiente de si uno se encuentre a favor o en contra (me parece difícil pensar en una película reciente que divida en polos a sus espectadores de esta forma) de la manera en que uno se relaciona a un accionar político. La película ha hecho retornar la discusión de forma y fondo, y es que los argumentos políticos en torno a El hijo de Saúl giran sobre todo en torno a una discusión de cómo su formalidad cinematográfica se relaciona con el hecho histórico. La película de Nemes ha hecho que re-aparezcan las viejas discusiones sobre como es posible filmar un genocidio, como es posible convertir en arte el horror más puro. Dentro de estos retornos a discusiones de mediados del siglo XX, la más recurrente ha sido la posición de Jacques Rivette frente a un encuadre de Gillo Pontercorvo en Kapò. Para Rivette en su ensayo, un solo encuadre bastaba para afirmar que la película de Pontecorvo era un asco. En esta, Emmanuelle Riva se suicidaba dentro de un campo de concentración al chocar intencionalmente con un cerco eléctrico. Después de tener a la actriz pegada contra la reja, la cámara hacía un travelling que terminaba encuadrando su mano contra el sol. Este hecho estético era suficientemente estilizado, según Rivette, para que uno pudiera despreciar la obra de Pontecorvo. La posición del autor, paradigmática para las películas sobre genocidios, suena exagerada en la actualidad, y normalmente ha sido tomada más como una pieza de estudio que para continuar una discusión filosófica. Sin embargo, con la película de Nemes, la discusión ha vuelto de alguna manera. Es imposible posicionarse ideológicamente, o incluso dar un veredicto coloquial de “me gustó, no me gustó” sin cuestionar moralmente esos desenfoques, o los movimientos de cámara que intencionalmente no nos dejan ver que pasa, o ese eterno rostro en primer plano que ocupa toda la pantalla.

Algunas de las críticas que se posicionan en contra de Nemes han argumentado que en la cuidada cinematografía y en las impresionantes coreografías de cuerpos está la misma falsedad que acusaba Rivette. Que Nemes podría tener la misma falsedad al coreografiar una puesta en escena tan cuidada. Y si bien es cierto que uno llega a pensar en algún momento que la perfecta sincronía, que debe haber sido necesaria para que cada movimiento pueda ocultarnos los cuerpos, el resultado de esta coreografía está lo más lejos posible de una planeación hecha para el deleite del encuadre o del movimiento de cámara.

Que la película tenga una cinematografía “bella” y cuidada no significa que inmediatamente nos encontremos ante un espectáculo de placer estético, ante una obra de contemplación hecha como “lujo cultural por lo neutrales”. Absolutamente no. Si la película de Nemes se encarga de esta cuidada coreografía y producción de diseño, es precisamente para ser capaz de hacerse cargo de lo que muestra. Pocas veces se ve una película tan cohesionada en todos sus elementos formales para lo que necesita expresar: la relación de aspecto de 1,375:1 nos deja las mayores consecuencias de la masacre fuera de campo, así como el lente 40 mm reduce nuestro ángulo de visión y deja en desenfoque las sombras de la barbarie. Lo más terrible está construido sonoramente. Por ahí sí estamos más cerca de ser testigos del horror pero, como sabemos, la experiencia de ser testigo cinematográfico es esencialmente ser un testigo ocular.

Nuestra historia sigue un solo objetivo simple. Saúl es un judío húngaro que trabaja como miembro del sonderkommando y está encargado de preparar grupos para las cámaras de muerte. El trabajo, visto más de una vez en la cinta, consiste principalmente en robar las pertenencias de los prisioneros previamente a su ejecución, y en limpiar y juntar los cuerpos para ser quemados. En una de estas operaciones Saúl cree reconocer a su hijo como uno de los cuerpos. Desde entonces la película pasará a mostrar el procedimiento de Saúl en su obsesiva búsqueda de un entierro religioso para el cuerpo del niño, como una Antígona moderno.

La historia de Nemes no enfatiza, y por ningún motivo goza estéticamente de ninguna de estas operaciones. Todos estos elementos fotográficos, sonoros y escénicos se encargan de que sea así. ¿Y por qué la decisión de no-mostrar? ¿no resulta más poderoso como lección histórica el ver? Con El hijo de Saúl se responde que no, al menos cinematográficamente. Lo que nos queda es una de las experiencias más horribles formuladas en el cine moderno. La violencia y el genocidio con su peso simbólico y literal de vuelta. En más de una ocasión uno termina deseando que la película se acabe, que quede inconclusa, que algún giro dramático libere o mate de una vez a los prisioneros. Pero es aquí donde el peso de la historia se siente más que nunca, donde Nemes nos hace medir la dimensión entre el arte y su relación con la miseria y el horror. Es una película que con todos estos elementos brillantes uno apenas siente ganas de recomendar. Queda una sensación rara de querer hacer pasar por algo así a un amigo. Pero las confrontaciones históricas serán siempre así: difíciles y necesarias. Mientras más necesarias serán más difíciles y complicadas. No con la construcción de un relato de un holocausto dramatizado, donde dulces cuerdas de violín tocan un ensayadísimo esquema sinfónico triste como nos tiene acostumbrados Spielberg, se confronta la historia. El hijo de Saúl no tiene nada que ver con esta explotación hollywoodense. Guarda más relación, en cambio, con el retrato fascista que hace Pasolini en Salò, o con las matanzas de la Segunda Guerra Mundial que Klimov retrata en Ven y mira. Ese orden de películas que uno no quiere, ni puede, revisionar por gusto en la tarde del domingo, pero que te dejan un recuerdo intacto, tan poderoso y horripilante que no puede quedarnos más claro que nuestra misión humana es no permitir la repetición de estas imágenes nunca más.

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