I Edición
Crítica de Cine: Homérico señor Ford

Homérico señor Ford

  • Título: El hombre tranquilo
  • Título Original: The Quiet Man
  • John Ford
  • 1952
  • EE.UU.

Cuarto y último Oscar obtenido por John Ford a la mejor dirección. Sin duda se trata de una de sus mejores películas y un film por el cual parece no transcurrir el tiempo.

La historia es simple: Sean Thornton (John Wayne) regresa a su Irlanda natal desde Estados Unidos para olvidar su pasado y rehacer su vida. Solo llegar se enamora de una de las habitantes del pueblo: Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara). Sin embargo las diferencias de costumbres entre la moderna vida norteamericana y las de la Irlanda rural profunda chocarán provocando que la relación entre ambos personajes no sea todo lo fluida que debiera ser.

Una de las grandes cumbres de la extensa filmografía de John Ford. El lirismo propio de toda su obra está omnipresente a lo largo de toda la película, acentuado aún más por la magnífica localización del rodaje. Una mezcla perfecta de comedia, drama y romance, que en ningún momento pierde coherencia o exagera ninguno de sus componentes. El hombre tranquilo es una explosión de vitalidad, de oda a la vida y todo lo que representa, tanto en lo positivo y en lo negativo que forma parte del ser humano. El amor, el valor de la amistad, pero también los egoísmos y las debilidades de los seres humanos que nos hacen ser lo que somos.

La película es un conglomerado de diferentes aciertos que sumados unos a otros convierten el film en una de las mejores películas jamás filmadas. Empezando por el hecho de haber sido rodado en exteriores reales y no en estudio. El equipo de rodaje se desplazó hasta la pequeña localidad de Innisfree para filmar toda la película y no cabe duda que la película traspúa por todos sus poros el buen ambiente que se generó durante el rodaje del film, tanto entre el propio equipo como con los habitantes del lugar (en 1990 José Luis Guerín dirigiría un interesantísimo documental titulado Innisfree sobre los recuerdos de la filmación aun presentes en el lugar y entre sus habitantes).

El hecho de que gran parte del elenco, empezando por el propio Ford, siguiendo con sus intérpretes, el propio Wayne, Maureen O’hara, Barry Fitgerald, Victor McLaglen, y continuando por su músico Victor Young, tuvieran raíces irlandesas seguramente tiene mucho que ver con la vitalidad contagiosa que desprende el film en todas y cada una de sus escenas.

El guión de Frank S. Nugent basado en un relato corto de Maurice Walsh, combina dosis medidas de comedia y drama, pasando el espectador de la carcajada a la lágrima en pocos instantes sin notarse en ningún momento la transición entre situaciones. La dirección de John Ford es excelente. Seguramente en este momento el “director de películas del Oeste” como se autodenominaba él mismo, estaba en el momento álgido de su carrera. Los actores, excelentes todos ellos. A parte de la pareja protagonista, qué grandes secundarios: Barry Fitgerald y sus ingeniosos diálogos, la bravuconería de Victor McLaglen o el habitual de los films de Ford, Ward Bond. Todos ellos magistrales.

Pero es que también los detalles como la fotografía, merecedora del Oscar, y la excelente música de Victor Young, aderezada con algunas canciones típicas irlandesas, son magníficas y se integran perfectamente en el conjunto de aciertos del film.

Siento debilidad por esta película. Y es que no recuerdo otra con tantos momentos inolvidables como ésta y que no me cansaría nunca de verlos a pesar de los innumerables visionados del film: la primera aparición de Maureen O’Hara con su melena roja contra el fondo verde del paisaje, Barry Fitgerald y su caballo, la pelea final entre Wayne y McLaglen, la carrera de caballos al lado de la costa, la escena en el cementerio bajo la lluvia y por supuesto uno de los besos más famosos de la historia del cine que fue homenajeado 30 años más tarde por Steven Spielberg en su E.T.… Todos esos grandes momentos del film fluyen perfectamente engarzados en una historia conmovedora y auténtica que llega al corazón del espectador.

Y es que es un film que no me cansaría nunca de ver. Visionada en diferentes momentos a lo largo de mi vida, siempre la he disfrutado. Tanto cuando la vi en mi infancia, pasando luego a mi adolescencia y ahora en la madurez, ofrece aspectos nuevos en cada visionado y es un auténtico deleite disfrutar de la genialidad de Ford rodeado en aquellos momentos de una retahíla de talentos extraordinarios. Un film irrepetible.

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