I Edición
Crítica de Cine: El alpinista es quien conduce su cuerpo  allá dónde un día sus ojos lo soñaron

El alpinista es quien conduce su cuerpo allá dónde un día sus ojos lo soñaron

  • Título: Everest
  • Baltasar Kormákur
  • 2015
  • EE.UU.

Sin ánimo de pecar de sobreentendido, pienso que las críticas más tibias que ha recibido Everest parten todas de un denominador común: el desconocimiento. Todo aquello que han dicho de Everest como crítica negativa (exceso de personajes, frialdad emocional, escenas de acción de limitada adrenalina…) son en realidad bazas de realismo para la historia, pues en la montaña, todo se parece bastante a lo que Blatasar Kormákur muestra en su ascensión; y es más, partiendo de un género que ha pervertido tanto el sentido de la realidad de sus historias (los exponentes más mediáticos del mismo tal vez sean Máximo Riesgo y Límite Vertical… lo que dice mucho de lo maltratado que ha estado este subgénero aventurero…), Everest, sin miedo a equivocarme, es uno de los mejores films sobre alpinismo y sobre la clase de personas que cada día, de forma absolutamente irracional y pasional, arriesgan sus vidas en las cumbres del mundo.

Más allá de las intachables virtudes técnicas de Everest (lo cual es un logro considerable: es imposible para el espectador diferenciar entre el efecto especial, el decorado y el verdadero paisaje, y teniendo en cuenta que hablamos de la cumbre más alta del mundo, es un hito considerable), lo mejor de la película, sobre todo para aquellos que conozcan ya sea la historia en la que está basada, o cualquier otra situación de riesgo en alta montaña; es la veracidad y el nulo “fantochismo” (sí, estoy pensando tanto en Máximo Riesgo como en Límite Vertical) que desprenden sus imágenes, sus personajes, sus situaciones y las conclusiones humanas de la historia.

En lugar de argumentar en contra de las críticas que se han vertido sobre Everest, trataré de ensalzar sus valores en relación con la realidad, de la historia y de la situación límite que propone.“¿Por qué escalar la montaña? Porque la montaña está ahí”. Este célebre mantra alpino, es pronunciado por uno de los personajes de la cinta y es, en realidad, el corazón de la historia. No es una historia de supervivencia, sino de pasión, vocación y devoción absoluta por las cumbres. Vocación sin la que un escalador no lo sería nunca. En Everest, por supuesto, también se habla del drama personal de las víctimas de sus propias ambiciones, e incluso se incide en cierta crítica hacia la explotación comercial del coloso del Himalaya, pero lo fascinante de la propuesta es, precisamente, el retrato particular de cada personaje y de sus motivaciones y reacciones ante el ascenso y la tragedia.

Y en este punto es donde Everest duele, por no forzar a su cabeza de cartel (un soberbio Jake Gyllenhaal, cuya interpretación es un prodigio precisamente por la falta de ego que desprende) en el estereotipo de héroe de Hollywood; por ser fiel al retratar ambas versiones de la historia con sutileza (Jon Krakauer y Anatoli Boukreev escribieron crónicas posteriores a la tragedia, siendo bastante críticos con el punto de vista del otro); por no ceder nunca al melodrama como resorte emocional (cuando las lágrimas aparecen, es porque es imposible que no lo hagan, y pienso en las conversaciones finales de Jason Clarke y Keira Knightley, cuya química y aplomo en las funciones dramáticas de ambos es maravillosa); por presentar a los personajes como seres complejos y con aristas (el superviviente que interpreta Josh Brolin, es tal vez el más culpable de su propia tragedia; su esposa, una luminosa Robin Wright, es capaz de trasmitir el aliento de miedo, rencor y amor sin apenas palabra); y seres así mismo, capaces de emocionar desde la pasión que les mueve (cada movimiento profesional del personaje de Emily Watson está cargado de verdadero amor, de verdadero compañerismo; Sam Worthington nunca me ha conseguido emocionar como aquí, pese a sus escasos minutos en pantalla; las motivaciones tan humildes como grandiosas del personaje de John Hawkes conmueven como solo este actor sabe hacerlo…). Y en resumen, el equipo al completo, toda la expedición, trabaja y actúa como grupo, a favor de la historia y como testigo vivo de la tragedia.

Porque Everest, como tragedia y catástrofe de suma de elementos (riesgo asumido, exceso de personas, negligencia profesional, abuso de ambición, casualidad, clima), se acaba convirtiendo en una apasionante aventura de acción sin aliento, en el que cada campamento, cada arista, cada paso de riesgo, supone una apasionante set piece de acción; en un hermoso homenaje a los alpinistas caídos, un veraz documento sobre esas muertes silenciosas y solitarias que se dan en el techo del mundo, donde ni gritar ni correr puede evitar el peso del aire y el frío; y donde, citando a Boukreev, “Las montañas no son estadios donde satisfacer nuestra ambición deportiva, sino catedrales donde practicar nuestra religión”.

Julio Rojas

16 noviembre, 2015
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2 comentarios

2 Comentarios

  1. “Everest” da en el clavo totalmente. Tanto en la fidelidad a los hechos reales sucedidos, como en la ambientión de un Campo Base superpoblado y los riesgos que entraña la masificación del alpinismo por dinero. Si alguien quiere saber qué paso le aconsejo las dos visiones contrapuestas y complementarias de los libros de Krakahuer y Boukreev… es como en “Rashomon” de Kurosawa, se ve la historia desde dos perspectivas y la sensación de que los humanos, como decía el maestro Shakespeare somo la cosa más inexplicable del mundo. Muy buena película.

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