II Edición
Crítica de Cine: Distopía barroca

Distopía barroca

  • Título: High-Rise
  • Ben Wheatley
  • 2015
  • Reino Unido

El paso de un cineasta independiente al mainstream siempre es algo interesante de seguir. Como un cambio de presupuesto y ambiente puede modificar la obra de un cineasta, o en el caso contrario, como mantener los mismos códigos cinematográficos cuando factores como el star-system entran en juego. Esta era una de las principales preguntas para la primera cinta de gran escala del británico Ben Wheatley. Después de mezclas de género improbables (Kill List, 2011), comedias de carretera excesivamente negras (Turistas, 2012) y westerns-sicodélicos más lisérgicos que los de Jodorowsky (A Field in England, 2013), era más que curioso y esperable ver que ocurriría con una producción de Wheatley con números que triplicaban los de cualquiera de sus producciones anteriores. Con un protagónico de Tom Hiddleston y personaje interpretado por el legendario Jeremy Irons, esta vez la escala con la que trabaja Wheatley era mayor. Y como se podría esperar de un director de su tipo, el salto y maximización de ambiciones no se da en términos medios. High-Rise es una película barroca, excesiva en cada uno de sus detalles. Inspirado en un la novela de J. G. Ballard del mismo nombre, parece en la adaptación de Wheatley una historia que pedía ser realizada en nuestra época. La obra de Ballard ha dejado huella en la ciencia ficción moderna, y su discurso parece tener aún más relevancia en la época del streaming. Como relacionarse en un mundo en que el híper-capitalismo intenta regularizar, normar y espectacularizar la vida cotidiana inquietó a un Ballard que veía cómo nuestra relación con la máquina transformaba nuestra forma de relacionarnos.

En un anárquico complejo departamental se muda el doctor Robert Laing en un mundo que podemos reconocer cómo retro en su arte y vestimenta, y futurista y exagerado en los modos de vida. Este juego estético entre la visualidad del tiempo del libro y lo cercano a formas de vida más recientes dan uno de los toques de extrañamiento habituales en la obra de Wheatley. El edificio es grande y auto-suficiente, y el filme no escatima en darnos detalles de su mundo. Desde animales exóticos caminando por jardines, hasta fiestas que intentan emular los ropajes y comportamientos de los tiempos victorianos, el retrato que hace la cinta es tan exagerado como sus personajes. Narrativamente sigue la misma nota excesiva, centrándose en Laing pero saltando de personaje en personaje para entregar escasas y escurridizas narrativas paralelas. La autosuficiencia ingeniada por el excéntrico arquitecto interpretado por Irons empieza a tener problemas después que una serie de apagones ponga en evidencia las diferencias sociales de los habitantes. Con referencias políticas interminables, la cinta hace un repaso intencionadamente alegórico a los funcionamientos de la lucha de clases, pero con elementos que hacen la metáfora más confusa e insinuante que lo que podríamos ver en una cinta como Metrópolis. Los personajes discuten incansablemente distintas referencias intelectuales, y pareciera no existir una barrera demasiado grande en términos culturales, entonces es necesario pensar que estamos ante un escenario político más complejo de lo que pareciera en un principio. Es ahí donde tal vez Wheatly no termina de cuajar la adaptación de la coralidad de la novela, conteniendo un par de segmentos demasiado inconclusos que parecen rastros de segmentos que la adaptación no terminó de decidir si quería en el filme o no. Intencionadamente excesiva y desagradable, a veces la confusión buscada por el británico parece mezclarse con otras confusiones no tan intencionales.

Sin embargo, a pesar de estas incongruencias, el reto de adaptar a alguien como Ballard se cumple, y el paso a una gran producción no detiene a Wheatley en su manía por mezclar géneros y jugar al exceso. High-Rise es excesiva en su retrato de la moral dentro del capitalismo salvaje, pero es en realidad el único tono posible para la confusión en un mundo post-cibercapital. Sin ser una película que evidencie ningún período, con ropas y códigos de vestimenta setenteros, referencias a discursos de políticos de los años ochenta, y tecnologías inspiradas en la actualidad, claramente se inscribe dentro de la línea de cintas como Cosmopolis (David Cronenberg, 2012) o Holy Motors (Leos Carax, 2012) en un intento temprano por configurar políticamente el capitalismo movido dentro de una virtualidad.

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