Fuera de Concurso
Crítica de Cine: Las chicas que hacen porno

Las chicas que hacen porno

  • Título: Hot Girls Wanted
  • Jill Bauer, Ronna Gradus
  • 2015
  • EE.UU.

La manera en la que una sociedad entiende el sexo dice mucho de esa sociedad. Pero quizás sea más reveladora todavía la forma en que esa sociedad ve y representa el sexo. Sí, me refiero a la pornografía. Esa forma de consumo y observación sexual, ese tabú presente en todo silencio, esa injesta masiva, pero secreta, compulsiva, pero íntima. Esa contemplación, en su mayoría, solitaria y placentera.

El gusto pornográfico de nuestra sociedad y nuestra cultura (no me refiero exclusivamente a la española, sino a la capitalista occidental) ha cambiado. Frente a los modelos pornográficos de los noventa, donde predominaban unas nalgas exuberantes y unos pechos excesivos –más parecidos a la cúpula de Santa Sofía de Constantinopla, que a los senos consuetudinarios–,  ha surgido el morbo por lo cotidiano, lo normal, lo casi natural. El correlato objetivo del porno actual es una chica joven, lo más parecida posible a cualquier chica con la que hayas compartido un momento en tu vida. El ideal pornográfico de la vecinita.

Hot Girls Wanted, documental producido y distribuido por Netflix, ahonda en el mundo de la pornografía actual, dominado por el gusto de lo amateur, de la semejanza con la naturalidad cotidiana, real. La película documental, a través de la experiencia de un puñado de chicas jóvenes estadounidenses, nos presenta este mundo del consumo pornográfico. Contemplado, de esta forma, desde el punto de vista de las actrices porno amateur. Jóvenes mujeres, con apariencia casi de doncellas, que comienzan su andadura en un entorno repleto tanto de promesas como de frustraciones.

En cierta medida, el documental es un retrato generacional de aquellas chicas que pretenden romper el mercado pornográfico y situarse en la cúspide. Pero es también un retrato de la voracidad del consumo pornográfico. Hecho que acaba por relegar a las núbiles aspirantes en productos de consumo rápido y fugaz. Cada día llegan nuevas vecinitas con ansias por triunfar y cada día tantas o más chicas abandonan el mercado del porno amateur; indicador de un gusto de público y de un funcionamiento de la industria productora que acoge con presteza la novedad, pero casi con mayor celeridad la deshecha. Un actor porno, en una sentencia reveladora, declara que una chica, como máximo, con suerte (y sin prostituirse), puede sobrevivir un año en este mercado. La mayoría permanecen un mes o tres. Ese es el promedio del éxito para las chicas en el mundo del porno amateur.

Todo esto saca a la luz, por otra parte, la esencia falocéntrica de la pornografía amateur. Quizás debiéramos hablar del pseudoamateurismo, pues en verdad existe un conglomerado industrial (captadores, productores, fotógrafos, distribuidoras, páginas web) que controlan y fomentan el mercado. Lástima que todo esto quede en segundo plano en la película documental, pues esta se centra principalmente en la experiencia personal de unas chicas. Es un relato emocional y vivencial de unas aspirantes a hacer porno.

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