II Edición
Crítica de Cine: Ausencias

Ausencias

  • Título: Julieta
  • Pedro Almodóvar
  • 2016
  • España

Julieta es el retrato de una mujer amurallada, asediada por el dolor durante tanto tiempo que no recuerda ya lo que es vivir. El último largometraje de Almodóvar deja atrás el melodrama, se instala en el paraje seco del drama y nos muestra las consecuencias de una pérdida sufrida desde las entrañas, en silencio y soledad, sin válvulas de escape, y cómo afecta a la capacidad de seguir viviendo.

Silencio, título primitivo de la película, se presenta como una odisea de la protagonista por el vinoso ponto de los griegos, “el camino de la aventura y lo desconocido”. El viaje como metáfora de la vida, cuyo origen y destino está en la madre o la hija, aunque en esta ocasión retrata un vacío en esta relación fundamental durante tres generaciones. Julieta joven, situada en el tiempo entre una madre ausente y una hija que se irá, sufre de melancolía, la bilis negra de los griegos, el amarillo oscuro de la depresión. El personaje, interpretado por Adriana Ugarte, desaparecerá frente a nuestros ojos, en un corte prodigioso, para emerger como una persona distinta, herida en el alma, perdida la mirada en un horizonte rojo de soledad. La cara de Emma Suárez, Julieta también, sin necesidad de un gesto, nos transmite inmediatamente ese dolor profundo que no se borra, que se clava en los huesos y obliga a convivir con él. El rojo sombrío de la desesperanza. Es allí, frente a su rostro, donde Almodóvar planta su cámara, mirando a las grietas de su historia, enfocando la vida que transcurre cuando no sucede nada, o cuando ya ha sucedido todo: “lo que quería [mostrar] era abatimiento, eso que se queda dentro después de años y años de dolor”, dice el cineasta.

Toda la película, la vida de Julieta, la historia y la manera en que se nos cuenta, gira alrededor de las ausencias, de lo que no está. Un eje narrativo en forma de carta a la hija que falta sirve para enlazar episodios que transcurren en distintos tiempos, saltando hacia atrás y volviendo al presente con total naturalidad, esquivando los hechos cruciales de la historia, que se conocen a través de las conversaciones de los personajes, lo que obliga a que los diálogos de Almodóvar, seña de identidad de su cine, generalmente precisos y llenos de ingenio y humor, se conviertan aquí en puramente explicativos, y ciertos pasajes y reacciones no se comprendan del todo en un primer visionado. Quedan lejos ya las réplicas perfectas, inapelables, de Leo en La flor de mi secreto (1995), las contestaciones teatrales de Huma y los monólogos de Agrado en Todo sobre mi madre (1999) o las parrafadas llenas de vida de Raimunda en Volver (2006), sus últimas obras maestras.

A pesar de todo, Almodóvar demuestra en cada plano un dominio del lenguaje cinematográfico posible sólo tras una destilación y asimilación profundas. La dirección artística, los colores en decorados y vestuario que recrean colecciones de Prada y Hermès, la sobria fotografía de Jean-Claude Larrieu, el attrezzo: los libros de Marguerite Duras, el cuadro de Lucien Freud, las esculturas de Miquel Navarro, y la presencia casi inconsciente de la música de Alberto Iglesias van añadiendo capas de significados que acaban de definir el estado emocional de sus personajes. La maestría en la construcción del guion y el montaje, gracias a su montador habitual, José Salcedo, del que el director dice: “la fluidez, el ritmo que imprime a la historia es una maravilla”, para enganchar las tremendas elipsis de la historia, incluso con los problemas ya mencionados, nos hablan de un cineasta total, que maneja a la perfección los materiales de su oficio y es capaz de utilizarlos para expresarse a muchos niveles.

Julieta es una obra cinematográfica rica y compleja, otra muestra más de por qué las palabras “Un film de Almodóvar”, la mayoría de las veces, son sinónimo de cine puro, que no desmerece en esta ocasión ni por esa primera, imperfecta, impresión.

1 Comentario

  1. Una película, como cualquier obra de arte, es una cosa de dos: el autor (en este caso el director) y el espectador (el que mira y piensa). Después como tercero está el crítico, que trata de mediar entre ambos actores principales (el autor y el espectador). No olvides, que si una película es buena y hace pensar al espectador (no le “distrae”), hay tantas películas como espectadores, porque es éste el que termina el ciclo creativo, por eso el director debe hacer al espectador “ver y pensar”, si no lo logra su intento es fallido, su lenguaje no es apropiado o no hay una “idea creadora”. El crítico es un espectador “experto” y debe primero “descifrar” el lenguaje del director (si acaso es necesario) y luego ayudar a abrir el “pensar” del espectador. Vista tu crítica creo que cumples tu labor muy bien. Solo una cosa: las alabanzas al director o a la obra sobran, deja que el juez sea el protagonista de la película, el que la debe hacer suya o no, el espectador.

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