Fuera de Concurso
Crítica de Cine: El ritual de lo macabro

El ritual de lo macabro

  • Título: La autopsia de Jane Doe
  • Título Original: The Autopsy of Jane Doe
  • André Øvredal
  • 2016
  • Reino Unido

El género de terror, por el mismo hecho de ser un género, se inscribe dentro de una serie de convenciones que permiten la construcción de un paradigma, un conjunto de reglas modélicas que orientan la elaboración cinematográfica. Esta situación puede desembocar en tres vertientes. Por una parte, las películas se construyen adecuándose a los convenciones dominantes y acaban por resultar bodrios insufribles. Dos, los autores se desplazan dentro de las convenciones y se aprovechan de ellas para renovar el género y tratar temas no estrictamente “terroríficos”. Y, por último, los autores construyen un relato cinematográfico articulando los ingredientes del género (convenciones), de forma que resulta una obra de arte modélica.

La autopsia de Jane Doe supone una sorpresa para un espectador como yo. En verdad, cuestiono todo lo que tenga que ver con el género de terror. Entre otras razones porque rechazo todo aquello que se incluya en la categoría de género, obviando la razón esencial de una obra artística: el pulso de una inquietud anímica o espiritual. Es decir, cuando una película no mantiene un correlato objetivo, no habla sobre algo, no se ancla a un propósito anímico, la película decae en un mero engranaje de gramática cinematográfica.

Sin embargo, La autopsia de Jane Doe es una sorpresa. Recoge en su construcción una serie de convenciones bastante frecuentes en el cine de terror: espacio cerrado y aislamiento, contraposición con la tormenta exterior, oposición entre racionalismo analítico y hechos misteriosos, materiales provenientes de lo demoníaco, lo bíblico y brujeril, la presencia de la muerte y también el culto al cuerpo muerto. Con este cocktail de elementos convencionales del cine de terror podría esperarme una sonora decepción, un aburrimiento fatigoso y una concatenación de escenas previsibles.

Pero La autopsia de Jane Doe está bien filmada. Una primera parte donde nos sumergimos en el procedimiento ritual de las autopsias, con su comportamiento analítico y frío, con su distanciamiento ante el objeto de estudio. Y, por supuesto, una exposición manifiesta de lo macabro: un culto a lo repulsivo, al morbo, al conocimiento exhaustivo de la materialidad de la muerte. Una segunda parte, donde iniciamos el descenso en la incomprensión, el desconcierto y la desestabilización intelectual. Y, por último, una tercera parte donde los sustos empiezan a cobrar importancia. Quizás esta última parte, este recurso al fenómeno del susto, pueda crear un recelo en un espectador como yo. De hecho, dentro del llamado género de terror, distingo dos tipos de películas: las de terror y las de susto. Estas últimas son aquellas que no mantienen un correlato objetivo en su exposición cinematográfica. Esto es, no hablan de nada, no dicen nada y no aportan nada a nuestra sensibilidad vital.

La autopsia de Jane Doe puede situarse en el umbral entre las películas de cine de terror y las de susto. Por una parte, demuestra una excelente articulación de los elementos constitutivos de su ser como obra. Por otra parte, el susto fácil efectista aparece en el mundo del espectador. Quizás para cumplir sus expectativas, quizás para crear una breve adrenalina que te ate al sillón. Sin embargo, este último aspecto no desmerece la ejecución de la película. Este filme se comprende en sí mismo. El correlato objetivo, el tema (la confrontación entre la racionalidad analítica y la inmersión en el mundo del misterio) se ve sustituido por el procedimiento, por la ritualidad. En efecto, La autopsia de Jane Doe seduce y encanta por su proceder cinematográfico, hecho que nos sitúa en un momento ritual, en la comprensión de los procedimientos vinculados a un estar concreto en el mundo. Primer ritual, la autopsia, el conocimiento científico. Y, el segundo ritual, la inmersión en la esfera de lo siniestro, de la pervivencia de la venganza y la crueldad. Y, en definitiva, nosotros como espectadores caemos en el ritual de las convenciones del cine de terror, todo ello para cumplir y satisfacer nuestras expectativas, pero también para sentir el pulso del terror. El placer de ver en pantalla aquello que no queremos vivir.

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