II Edición
Crítica de Cine: Las semillas del horror

Las semillas del horror

  • Título: La cinta blanca
  • Título Original: Das weisse Band - Eine deutsche Kindergeschichte
  • Michael Haneke
  • 2009
  • Alemania

Días después vuelvo a ver un fotograma de la película: la niñera con el profesor, en un carruaje tirado por caballos. Ella le toca en el brazo, agradecida. Él, que conduce, parece contrariado. En esa escena él la quiere sorprender yendo a comer al campo, a solas; cuando ella se entera del plan le pide repetidas veces que no lo haga, que vuelvan al pueblo. El fotograma muestra el momento en que el profesor, ante la insistencia de la niñera, cede y se dispone a dar la vuelta, renunciando a su inocente idea. Días después de ver la película, me golpea la sensación de que esta escena es clave.

La cinta blanca comienza por observar los códigos sociales de la época, que aparecen reflejados en toda su crudeza medieval: el poder (el pastor protestante, el doctor, el terrateniente) hace lo que quiere, el resto de la comunidad no tiene más derechos que los que graciosamente les conceda el poder. En un pueblo del imperio Austrohúngaro, justo antes de la Primera Guerra Mundial, la pirámide social funciona a rajatabla. Las relaciones públicas entre vecinos se basan en reglas igualmente duras. No hay en ninguno de ellos el mínimo rastro de empatía o afecto hacia el resto de la comunidad, sólo indiferencia y respeto a las normas establecidas. Pero, como siempre en las películas de Michael Haneke, el ámbito público no es más que la falsa máscara de lo que ocurre de puertas adentro. Es en el interior de las casas donde se educa, donde se inculcan los valores que rigen el comportamiento en sociedad. Y también el lugar donde se transgreden esos valores. Es en el interior de las casas donde se refleja otro tipo de poder, éste más íntimo y violento. Allí la violencia se dirige hacia los más débiles: las mujeres y los niños. Quien ostenta el poder maltrata física y psicológicamente a los que dependen de él, a su criada, a su amante, a su mujer. Y a sus hijos. Los que mandan logran crear en los sometidos un sentimiento soterrado de humillación, de impotencia, de frustración, una corriente subterránea de emociones reprimidas que acaba contagiando al espectador.

Mientras los adultos aceptan esta situación —pública y privada— como inevitable, Haneke nos muestra las reacciones de la siguiente generación ante el estatus social establecido. En sus mentes aún blandas han sido grabados a fuego unos valores morales muy rígidos, en los que cualquier desviación es castigada duramente. Sin embargo, los niños, que conocen lo que sucede en el interior de las casas, saben que esas reglas que tan estrictamente se les enseña a obedecer en público son rotas con total impunidad en el ámbito privado. Y sus cerebros, que aún están conociendo el mundo y aprendiendo cómo comportarse en él, no son capaces de aceptar esa doble moral hipócrita de los adultos. El grupo de niños mirando a través de las ventanas es una de esas metáforas que van calando poco a poco, y cuyo significado aparece con un escalofrío para sumarse al resto de situaciones inquietantes, que acaban creando una extraña sensación de incomodidad en el espectador. Todos los episodios de violencia física, pública, son causados por los niños, los jóvenes, los que llegarán al poder dentro de quince, veinte años: el destrozo de la huerta por el hijo del campesino, el cable que causa el accidente del doctor, los ojos quemados del hijo de la criada, el pájaro muerto. Es la manera que tienen los niños de educar a sus mayores. La violencia no es más que el modo de corregir una conducta impropia. Así les han educado a ellos.

Días después de ver la película me doy cuenta de que la mano de la niñera en el brazo del profesor es el único contacto físico no violento que aparece en toda la película. La niñera sabe que, aunque una comida a solas puede ser algo inocente, también puede no parecerlo, y que a quienes deciden los castigos —los niños, casi jóvenes, sus compañeros de generación— no les temblaría la mano si ese acto les resultara inmoral. En ese preciso instante la niñera refleja un miedo que marcará el siglo XX. Miedo no sólo a desviarse de las reglas, sino a que pueda parecérselo a quienes ostentan el poder. En ese terror a la moral establecida, determinada por el poder y sancionada por sus grupos de acción (las policías secretas o políticas, en realidad policías del pensamiento) vivirá gran parte de Europa durante mucho tiempo. La invasión de la privacidad por parte de los poderes públicos, hasta el punto de dirigir las acciones más íntimas. El sueño de todo gobierno totalitario.

Como última imagen, el niño vistiendo la cinta blanca del oprobio público (en el brazo donde quince, veinte años después se colocarán las estrellas de David que señalarán a los judíos) está mirando hacia algún sitio, quizá al futuro. En su cara se pueden leer las emociones que está sintiendo: el odio y la frustración, la vergüenza causada por esa cinta educadora. Quizás esa cara representa el deseo irreprimible y violento de reaccionar a esos sentimientos, los mismos que albergará Alemania al terminar la Primera Guerra Mundial. Derrotada, hundida y despojada de su poder y su orgullo, una nación dominada por el deseo de arrancarse el símbolo de su deshonra y empezar de cero, huyendo de las maneras decimonónicas, casi medievales, pero esta vez basándose en unos valores marcados a fuego en toda una generación que ha sido educada en ellos. Una ideología que pudiera compartir todo un pueblo, sin debilidades para corregir las desviaciones. Y con terribles consecuencias.

De una manera sobria, con imágenes igual de frías y lejanas que el mundo que representan, La Cinta Blanca retrata el germen de las distopías europeas del siglo XX. Una película aparentemente sencilla donde el contenido oculto acaba aflorando hasta ahogar al espectador. Una gran Palma de Oro.

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