II Edición
Crítica de Cine: Incontinencia devoradora

Incontinencia devoradora

  • Título: La habitación
  • Título Original: Room
  • Lenny Abrahamson
  • 2015
  • Irlanda

¿Quién no ha escuchado hablar de la época dorada de Hollywood o de cuando se hacía cine de verdad?, ante lo que sería cuestión de discutir quien dicta lo que es de verdad o de calidad. Pero en ocasiones te encuentras en una fase en la que todo largometraje sabe a poco. Esas etapas cuando sientes un hambre voraz por disfrutar de más bandas sonoras, de más efectos especiales, de mejores trabajos de fotografía o vestuario y demás arreglos que proyecten en nuestro cerebro imborrables imágenes equiparables a las mejores obras audiovisuales de todos los tiempos.

Más aún, cuando vivimos un momento en que para estar informado de la realidad de nuestro tiempo necesariamente hay que ser consciente de que el género humano no aprende y continúa malgastando la energía de un precioso tiempo en este fantástico planeta agrediendo a sus semejantes por no sé qué derecho superior entre unos y otros. El arte de las artes es la creación que consigue equilibrar la balanza y concederle al ser humano el beneficio de la duda acerca de su trasfondo y valores intrínsecos. Ofrece deleite a amantes a la escritura, la música, la fotografía, la arquitectura, la pintura y escultura vivas, los avances tecnológicos o la ciencia, por mencionar algunos de los campos que engloba. El cine nos pone en perspectiva ante la disyuntiva de la cultura frente al embrutecimiento.

Ojo, no se trata tan sólo de teorizar y filosofar en una tarde lluviosa, con el embargo de la melancolía, sino de mirar con ilusión y satisfacción al bien denominado séptimo arte, ya que el siete suele ser un número afortunado. Pongamos pues uno de los últimos ejemplos de ese eterno debate entre el bien y el mal llevado a la gran pantalla, la cuidada, estremecedora y conmovedora La habitación.

Una muestra donde visualizar ese contraste entre el ying y el yang. La parte cruel y perturbada de un personaje que, apenas sin ser visto en cámara, nos despierta antipatía y desprecio, en contraposición a un mundo paralelo, imaginativo y emocionante, personificado en la devoción del amor incondicional de una madre que ve sus días endulzados y fortalecidos por un ser de cinco años en el que cabe todo un universo repleto de fantasías y preguntas en tan solo una de sus miradas.

Merecido Oscar a Brie Larson como actriz principal y de haber sido nominado, como mejor actor protagonista, Jacob Tremblay seguramente tampoco este año DiCaprio habría rozado el dorado.

Es de esas películas en las que se descubre un talento precoz y sublime, de las que te llevan a  buscar otras apariciones hasta que caes en la cuenta de que en el protagonista, de tan sólo nueve años, no ha podido aún desempeñar tan ansiada labor. Crucemos los dedos para que tanta capacidad no se transforme en un desperdicio hollywoodiense explotado y arrinconado, que sus progenitores no tengan unas miras avariciosas y preserven la ilusión y normalidad para un chaval con tales dotes.

Me descubro ante este film, tras los últimos meses en que mi incontinencia devoradora de películas me ha llevado a consumir géneros hacia los que normalmente no apunta mi brújula, dígase ciencia ficción o western. Cómo se puede llegar a emocionar y crear un extenso mundo, lleno de matices y ricos registros en un espacio físico de unos pocos metros cuadrados. Sin extravagancias, fantástica historia con novela de trasfondo y guión adaptado en el que resalta la capacidad del ser humano de sobrevivir ante la crudeza de la realidad y, lo que es más importante, curarse y regenerarse ante traumas cuasi mortales para el alma y el cuerpo. Todo rociado por una buena dosis de ilusión, esperanza y sueños que alcanzar, que se convierten en el pegamento que une las piezas rotas de un puzle aparentemente imposible de completar y que pone de manifiesto la voluntad inquebrantable de libertad de la mente.

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