I Edición
Crítica de Cine: Elisión del mundo desmesurado

Elisión del mundo desmesurado

  • Título: La habitación
  • Título Original: Room
  • Lenny Abrahamson
  • 2015
  • Irlanda

Room comienza, de manera natural y hasta casi cotidiana (en un contexto absolutamente alejado de lo “normal”), en lo que se denominaría técnicamente in medias res, es decir, la situación, el conflicto, y el pasado de los protagonistas se da por explicado observando simplemente su situación actual y la dinámica de su relación. Pero a los pocos minutos avanzada la película, tenía ya la sensación de haber asistido a una elipsis inexistente, en la que habría pasado de ver a una chica cualquiera de unos dieciocho años, con una vida y una familia cualquiera; que es secuestrada y encerrada en una habitación de unos 10 metros cuadrados, con el cruel privilegio de no dejarle morir, de alimentarle, de obsequiarle con luz y agua caliente, una televisión, y una diminuta ventana al mundo. Pero no sólo se le obsequia con todo eso en esa elipsis inexistente, sino que también, después de repetidas violaciones, esos casi 6 años que debe haber vivido en la habitación los ha compartido con el hijo que allí mismo ha dado a luz, fruto de una de las violaciones de su captor.

Abandonada toda esperanza, los espectadores nos encontramos directamente en el corazón y el ojo del huracán de la película: la relación de esa madre, llamada Joy, y ese hijo, llamado Jack, en ese espacio recluido del mundo, y la percepción manipulada de ese mundo, lejano, apenas existente y totalmente irreconocible para el pequeño. Durante la primera mitad de la cinta, espiamos el potente y doloroso vínculo de Joy y Jack, el rasgado dolor de ella, y la curiosa naturaleza de él; el efecto de las esporádicas visitas de “el viejo Nick”, y sobre todo, la manipulada percepción del mundo y el universo con la que Joy ha tenido que educar a Jack para evitar, probablemente, enloquecer absolutamente. Llegados a la segunda mitad de la película, el estudio psicológico de estos dos protagonistas abre su objetivo y a su vez se repliega sobre sí mismo, ya que, ¿cómo reaccionaría cualquiera tras 6 años aislado del mundo? ¿O cómo recomponer la idea del mismo en la mente de un niño que siempre ha creído que el universo era algo que no existía fuera de las cuatro paredes de esa habitación?

Room, con una sutileza y un buen gusto que sabe alejarse de cualquier atisbo de sensacionalismo, se limita a observar y sacar oro de cada momento en el que Brie Larson y Jacob Tremblay se comunican. Y es tan fascinante el vínculo que hay entre ellos, que se convierte en una aspiración completamente imposible intentar ver Room sin un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. De alguna forma, que no es mágica sino hundida en las entrañas, consiguen hacer comprender y hacer partícipe a cualquiera de su vivencia, por sobrecogedora, lejana e imposible que parezca. Y como decía, a los pocos instantes de comenzar la película (probablemente en su primera mirada, o en su primera palabra), conoces y comprendes todo lo que son Joy y Jack.

Larson entrega su cuerpo y su espíritu a la complejidad de esa chica cualquiera, y cada abrazo a Jacob, cada arrebato de furia, cada acantilado al dolor, cada duda sobre sí misma y su cordura, cada espina de rencor… atraviesa el corazón de cualquiera, pues comprende que en su situación, pocas cosas se podrían haber hecho de forma distinta. Tremblay lleva la película sobre sus hombros, pues el foco de la  cinta está puesto a través de su mirada, nunca se despega de ella (como ocurría en otra fascinante historia, muy diferente sin embargo, pero que pasó injustamente desapercibida, What Maisie Knew, con otra interpretación infantil para el recuerdo), y por eso Room, y el mundo que luego conocemos, lo conocemos a través de los ojos de Jacob Trembay, una interpretación extraordinaria porque no se basa en el naturalismo y la espontaneidad de muchas grandes interpretaciones de niños en el cine, sino porque reposa en la absoluta complejidad psicológica y emocional de la experiencia traumática de un niño que no sabe ni lo que es una experiencia ni lo que es un trauma.

No puedo decir mucho más sin reiterar que lo que han hecho Emma Donoghue con su novela, y Lenny Abrahamsson con su película y sus actores, es extraordinario, conmovedor, poseedor de una verdad y un conocimiento humano gigantescos, dolorosamente hermoso, y una experiencia cinematográfica memorable.

1 Comentario

  1. Buena película, el niño actúa muy bien, sostener una trama dos personas es algo de admirar, es difícil pero lo logran.

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