II Edición
Crítica de Cine: Aún quedan exiliados

Aún quedan exiliados

  • Título: Los exiliados románticos
  • Jonás Trueba
  • 2015
  • España

El último día del pasado mes de abril, sábado 30, la veterana discoteca madrileña Joy Eslava recuperó por unas horas su esencia teatral, como espacio al que asistir en busca de una emoción, una idea, también de pasar un buen rato, sin recurrir a la música elevada ni a las copas de sobra.

Después de veinte años de letargo, Jonás Trueba, da vida al proyector de la Joy, con su último trabajo Los exiliados románticos. A la particularidad de utilizar la discoteca como sala de proyección, se suma la interpretación en directo de Tulsa, cuya voz presentó la película y nos arrastró, después del film, a ese estado de dolor romántico y de feliz melancolía, prolongando así el sabor de Los exiliados románticos con su voz sobre el escenario.

La voz de Vito intentando no pronunciar la última letra de la palabra francesa rêve, que significa sueño en francés, abre lo que podría ser un sueño fílmico apegado a la realidad de la manera más fiel y destilada. Vito, Francesco y Luis, tres buenos exiliados, parten desde la capital madrileña en una furgoneta color naranja, pasando por Toulouse, París, para llegar a Annecy, el mismo Annecy al que Rohmer se dirigió para rodar su filme La rodilla de Clara. El periplo que emprenden los tres amigos no es tanto un viaje para perderse y encontrarse consigo mismo, como un viaje para refrescar la idea de que la vida es aquí, ahora, en este momento, es la vida el viaje, y los protagonistas nos recuerdan que hay amor, amor con dudas, hay fracasos, fracasos felices —como el de Vito en los jardines de Luxemburgo—, nos recuerdan el humor de no ser nada. El dolor y las dudas que nos invaden después de una relación, la experiencia de los sentimientos, recorren la filmografía de Jonás Trueba; en Todas las canciones hablan de mí (2010), Ramiro experimenta una suerte de vacío vital, de crisis consigo mismo a raíz de la pérdida del amor; Los ilusos (2013) nos hablan del cine dentro del cine, habla del tiempo, que es lo que pasa, y de nosotros, que seguimos. Ambas funcionan como antecedente de Los exiliados románticos (2015), que puede entenderse como el cénit de las tres, en la que el director prescinde de tener que escribir el guión, para escribirlo con la cámara en el momento de rodaje. De ahí que viendo el film uno sienta que puede respirar el aire de Annecy, pues formamos parte de lo que quiere transmitir el director, es una película que habla de todos al mismo tiempo porque habla de vivir. La luz del amanecer —en Madrid— y del atardecer —en Annecy—, los planos de calles vacías, el silencio que se respira durante el filme y que se inserta en nuestra mente sin cesar de susurrarse, la sencillez de su forma, las conversaciones tan profundas como banales transpiran un tipo de espontaneidad ligera y tierna que se ve reforzada por la voz de Tulsa, cuyo tema Oda al amor efímero podría tratarse del estribillo del film. A la técnica narrativa, hay que agregar la interpretación, o improvisación de los actores, que conservan sus nombres reales, y que no siguen un guión establecido sino que viven la situación. El amor y la amistad son el motor que les impulsa a realizar el viaje: la decisión de Francesco de poner fin a su relación a distancia con Renata; el impulso de Vito de declararse a una francesa con la que apenas pasó un verano, o la despreocupada manera de vivir del tercer amigo, Luis. Aunque alejado en el tiempo y en la intención, ver Los exiliados románticos es recordar por un momento al cineasta francés Eric Rohmer. El plano que centra nuestra mirada en el movimiento de las hojas de los árboles, con el aire silencioso de fondo, nos lleva a pensar en la obra rohmeriana, en el placer que el cineasta encontró en lo real, en la cotidianidad sencilla y en el amor por la naturaleza, y que plasmó en sus películas. Este gusto por la realidad y por el instante sigue palpitando años después, y Jonás Trueba nos lo recuerda en su último trabajo.

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