Fuera de Concurso
Crítica de Cine: El sueño de la soledad

El sueño de la soledad

  • Título: Mad Men
  • Matthew Weiner
  • 2007
  • EE.UU.

Mad Men se ha revelado como una de esas series de televisión que han venido a renovar el panorama de la pequeña pantalla. Ese lugar ya tan común de que también se puede hacer cine para la televisión. Mi intención no es ni mucho menos justificar que así es, es decir, que Mad Men presenta una calidad artística innegable y que se merece todos los elogios de la categoría cinematográfica. Mi intención está más cercana a la comprensión. A la comprensión, porque Mad Men me ha ayudado a comprenderme a mí y a otras sustancias de mi realidad.

Se podría caer en el lugar común de alabar la buena ambientación artística de la serie, lo bien que retrata la época con su vestuario, con la manera de fumar o con la manera compulsiva que tiene Don Draper de beber whisky. Pero no me interesa el canto laudatorio, sino la mirada comprensiva.

Me interesa más reconocer por qué siento una vibración del alma, una inquietud del espíritu, un zozobrar de la conciencia, cuando veo un plano de Mad Men, estático, pero expresión de un discurrir mental de la nada, del vacío, de la existencia fingida. Esta creación de Matthew Weiner es un retrato de época, sí, pero no una foto estética, un canto nostálgico a una forma de vestir, de andar o de bailar. Es, sobre todo, la reimpresión de un mundo, de una realidad, con sus incertidumbres, con sus necesidades vitales, con sus sueños. Mad Men es la expresión de una época sintetizada en varias horas de televisión. Y esto, en verdad, es una genialidad, reunir en apenas unas horas el sentir colectivo de un tiempo.

Muchas veces pienso que el arte no es la voz individual de un genio, sino la voz del tiempo, de una época, que se aprovecha de un tonto que se preocupa por escribir, por pintar o por rodar películas. Dicho de otro modo, el arte se aprovecha del artista y no al revés. El artista no es vocero de su tiempo, sino que el tiempo, los productos artísticos, están hablando por él y por el resto de personas que se incluyen en su sociedad.

Y en este sentido se pueden establecer una serie de analogías que nos permiten establecer relaciones subyacentes entre diferentes artistas, que beben del mismo manantial y casi mean por el mismo orificio. Cuando veía Mad Men, en mi mente reverberaba una realidad pictórica, una luz, un alma de sociedad pintada que no acordaba, que no acertaba a poner nombre. Y un día resurgió con nombre eso que por ahí andaba: Edward Hopper, el pintor realista de los Estados Unidos del desengaño. La analogía puede ser falsa o desmentida por cualquier otro crítico o persona, pero aquí está soldada en los pasillos mentales de mi experiencia. Y la analogía me llevó a comprender Mad Men (o la comprensión de Mad Men me llevó a la analogía…).

Esta producción de la AMC es un retrato realista de época. Sí, lo es por la fidelidad de su vestuario, por la música que puede sonar en los bares, por el mundo referencial de la publicidad en el que se desarrolla. Pero es el canto silencioso, sutil y cómplice de que algo pasa dentro de cada personaje: el latir de una época, de un momento de la historia, expresado en las vidas particulares de un puñado de personas. Es el latir de los Estados Unidos, del american way of life, una forma de entender el mundo: trabaja, progresa, crece, acapara, pisa al competidor, vende el producto, vive con el engaño de tus cercanos.

Diría, más bien, que esto último es la expresión, la presión externa del latir o, mejor dicho, las arterias, los vasos constrictores. Pero falta algo, falta la sustancia que llena de vida la circulación. La soledad, el vacío, la penuria de comprobar la falsedad de una moral. Un orden construido sin el principio férreo de una convicción vital humana. Don Draper es el latido de Estados Unidos, que busca el desahogo en una comprensión más allá de su soledad, una apertura para entender la vida de forma humana.

Deja un comentario