II Edición
Crítica de Cine: Las ruinas del pasado

Las ruinas del pasado

  • Título: Mamma Roma
  • Pier Paolo Pasolini
  • 1962
  • Italia

Un profundo sentimiento y una emoción que no cesan de palpitar se apoderan del espectador durante la proyección de Mamma Roma (1962), en cuyo precedente Accattone (1961), Pasolini ya introdujo el paradigma de un cine visceral que encuentra sus raíces en la vida de la clase obrera italiana, y que como ésta se prolonga desde el espacio rural hasta el centro urbano, realizando un escrupuloso análisis de lo que supone la vida en cada uno de ellos.

El filme se abre con la soberbia interpretación de Anna Magnani (Mamma Roma), que contagia con su brío a todos los presentes en el banquete del recién celebrado matrimonio, entre Carmine, su proxeneta, y la hija de un pueblerino italiano. Un matrimonio que significa más para Mamma Roma que para los mismos cónyuges, pues con él recupera, si es que alguna vez gozó de ella, la libertad. Tras largos años de esclavitud, la vida le brinda la oportunidad de comenzar de nuevo, de alejarse del mundo burdo y sórdido, el único que hasta entonces había conocido, para instalarse en la ciudad de Roma, junto con su hijo Ettore, en quien deposita toda esperanza de un futuro mejor. Al llegar a la ciudad, las esperanzas y el entusiasmo de Magnani se ven frustrados, malogrados por un pasado que no desaparece y que los persigue hasta la tragedia. A partir de su llegada a la urbe el filme se convierte en la incansable lucha de Mamma Roma por impedir que la miseria, la ignorancia, el vandalismo deshonren la vida de Ettore; ver a su hijo convertido en un hombre de bien, con un oficio decente y respetable, es la meta que la mantiene con vida, es el único orgullo por el que seguir luchando.

El director italiano recurre al blanco y negro para revelarnos la intrínseca relación entre Mamma Roma y Ettore, su hijo, un adolescente que se ve obligado a abandonar Guidonia, el pueblo en el que creció, para seguir a una madre ausente, con la que apenas ha tenido relación, abandonando la monotonía de la vida sencilla de pueblo para integrarse en la gran ciudad, un mundo tan lleno de oportunidades como de oscuridad.

El uso del legendario blanco y negro; el contraste entre un escenario urbano y un paisaje más rural, enfatizado por el conjunto de ruinas que se interpone entre ambos, y en el que Ettore pasa la mayor parte de su tiempo; la banda sonora, que da vida al romance entre Bruna y Ettore, Concerto in Re minore de Vivaldi; y a la relación entre Carmine y Mamma Roma, Concerto in Do maggiore de Vivaldi; contribuyen a la creación de una estética que recuerda a la primigenia neorrealista, pero que sin embargo resulta profundamente rompedora y actual. Un filme que evidencia la incuestionable sensibilidad de Pasolini hacia el arte de la pintura, y es que es posible advertir una constante referencia renacentista a la hora de filmar fondos paisajísticos y arquitectónicos; como diría el propio director en una ocasión: “en realidad el pintor que en sentido figurado más me inspira, incluso en el uso del color es por encima de todos Masaccio”.

La escena que abre el filme invoca a la obra del artista florentino Leonardo da Vinci, La última cena; la disposición de las figuras, el uso de la perspectiva y la elegancia en el manejo del punto de fuga, serán puestos en escena y proyectados en la gran pantalla con la misma elegancia del que son deudores.

Así mismo hacia el final del filme, Pasolini lleva a cabo una mimética reproducción de la obra de Andrea Mantegna, El Cristo muerto. Escena a la que tantas veces la historia del cine ha citado como modelo para demostrar que efectivamente cine y pintura no equidistan tanto.

Estamos ante un filme lleno de emoción, de referencias pictóricas, que nos enfrenta a una realidad viciada que seguimos alimentando y que nos arrastra hasta el abismo. Tanto es así; que el oficio que Mamma Roma consigue para su hijo como camarero en una trattoria es fruto del chantaje y la extorsión, que se tornan aún más oscuros cuando tienen como protagonista a la burguesía y toman como escenario, el urbano. La historia de unos personajes que bien podrían resultar retazos extraídos de la vida del propio director, quien como Ettore huye a Roma acompañando a su madre. El contacto con la capital italiana marcará la vida y la obra de Pasolini, y será su vida en la periferia de la ciudad de Roma lo que le permitirá conocer e impregnarse de una realidad profunda y poética, la realidad obrera.

Para Pasolini, Roma era un reflejo de cómo funcionaba la sociedad italiana, y su decepción con la ciudad supondrá por lo tanto una desengaño con la realidad italiana, de la que más adelante se distanciará.

La misma decepción que experimentan Mamma Roma y Ettore, quien agonizando recuerda su tranquila vida en Guidonía, el canto de los pájaros, libres y salvajes, llama a su madre, que cierra el film, con una carrera desesperada al saber muerto a su hijo, prisionero por haber robado a un enfermo en el hospital. La mirada de Mamma Roma hacia el edificio en el que se instaló con la esperanza de rescate, y de una vida mejor, representa la incomunicación entre dos mundos lejanos.

“Vino al mundo solo. Solo ha crecido como un pobre pajarito. Mirando a su alrededor, buscando quién sabe qué”

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