II Edición
Crítica de Cine: En busca de la identidad.

En busca de la identidad.

  • Título: Memorias de un hombre invisible
  • Título Original: Memoirs of an Invisible Man
  • John Carpenter
  • 1992
  • EE.UU.

Para alguien de mi edad quizás sea difícil poner cara a “Chevy” Chase, cómico y actor norteamericano conocido por las comedias que protagonizó a lo largo de la década de los 80 con irregulares resultados. Sin embargo, en 2009, su carrera tuvo un atisbo de resurrección cuando dio vida a Pierce Hawthorne, el viejo racista, homófobo, maleducado y despreciable de la hilarante y surrealista Community, serie creada por el siempre genial Dan Harmon.

Antes de que su trayectoria encontrara tardíamente algo de sentido, Chase buscó desesperadamente un éxito al que aferrarse, una película por la que ser recordado más allá del visionado de la misma, y uno de esos intentos resultó en Memorias de un hombre invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992).

La novela original de H. F. Saint llegó a manos de Chase, quien, tras modificar el texto varias veces a través de un par de guionistas y cambiar otras tantas de director por diferencias creativas (Chase era productor, él manejaba el dinero y, por tanto, la película) acabó encontrando en John Carpenter al hombre idóneo para dar vida a su ansiado proyecto.

Así fue como, sin quererlo ni beberlo, el maestro del terror, uno de mis directores predilectos, acabó dirigiendo un proyecto por encargo que, a pesar de atesorar certeras pinceladas de ciencia ficción y thriller, acabó teniendo el aspecto de una comedia romántica bastante convencional. La crítica no acogió con agrado el intento de Chevy Chase de trascender a cómico de primera, y la película se diluyó rápidamente entre las numerosas obras de culto que aparecen en la filmografía de Carpenter, al menos hasta el día de hoy, en el que vengo a desenterrar las memorias de este peculiar hombre invisible.

Desconozco los motivos que llevaron a John Carpenter a ponerse tras las cámaras de una película que no encajaba demasiado con su forma de trabajar hasta el momento, personal y alejada de los estándares y mandatos de Hollywood, pero su talento y determinación a la hora de dirigir siguen intactos en una historia que se sostiene firme y orgullosa de principio a fin, a pesar de que duela ver como se recortan en cierta medida las ideas y habilidades de su director, que aunque siguen presentes (esa obsesión de Carpenter por la búsqueda de la identidad del ser humano) no tienen la fuerza ni el calado de otros films del maestro.

Nick Halloway (Chevy Chase) es una especie de lobo de Wall Street de segunda regional, alguien sin familia ni grandes amigos que se dedica a ganar dinero, beber copas y ligar con la primera chica que se le cruce mientras pasa la noche en el bar de su club privado favorito. Allí conoce a la joven y exuberante Alice Monroe (Daryl Hannah, que por aquel entonces no necesitaba recurrir a la magia del Botox) con la que compartirá un fugaz romance en los baños de señoras.

El bueno de Nick acude a la mañana siguiente, resacoso y por compromiso, a una aburrida exposición en una empresa que realiza experimentos científicos. Tan aburrida era la charla y tan tediosa la resaca, que Nick decide escabullirse de la exposición, encontrar un lugar solitario y confortable y dormir una buena siesta. El problema viene cuando, en medio de esa siesta, ocurre un accidente en el edificio que hará que las partículas de los alrededores, incluyendo las de Nick, se vuelvan invisibles.

Comienza entonces la cacería del pobre Nick, que se ha convertido en un espécimen muy valioso para los oscuros planes de David Jenkins (Sam Neill) un agente de la CIA que piensa transformarlo en espía y utilizarlo con fines malvados. El nudo central de la trama mezcla géneros a cascoporro: el thriller, la comedia, la ciencia ficción, el romance…pero todos encajan en la vibrante persecución a la que someten al hombre invisible, que, hastiado, relata sus vivencias al espectador.

Es una ironía que Nick Halloway, una persona ya de por sí invisible ante la sociedad, adquiera importancia al poseer la capacidad de no ser visto. Alguien que vagaba camuflado entre una masa urbana de chaquetas grises, cafés del Starbucks y maletines de piel, llora ahora sus penas al no poder verse a sí mismo. ¿Acaso antes te veías, Nick? ¿Quién eras? ¿Quién eres? La respuesta la encontró, como no, en el rostro dormido de la preciosa Alice. El amor consigue regalar a Nick la presencia y la identidad que nunca poseyó, y qué mejor forma de plasmarlo que con la lluvia cayendo sobre sus hombros, dotándolo de un contorno brillante y mojado mientras besa al amor de su vida.

Los efectos especiales, como el de la escena que acabo de relatar, son muy curiosos, divertidos y efectivos. Se jugará con el movimiento de los objetos a medida que Nick se mueve por los espacios que brinda la inteligente puesta en escena que diseña Carpenter, alternando escenas en las que podemos ver a Nick con otras en las que es invisible hasta para nosotros, regalando un puñado de momentos que, aunque rozan el ridículo, desembocan inevitablemente en lo tronchante.

El desenlace consigue mantener la tensión hasta el último momento, pendientes de quién se saldrá con la suya, si el ratón o el gato. Seguramente John Carpenter no habría ideado un final tan “made in Hollywood”, pero el caso era revitalizar la carrera de “Chevy” Chase a partir de una comedia para toda la familia, así que el final concuerda con el tono inocente del resto de la película.

Si las memorias de este peculiar hombre invisible sobreviven aún, es gracias a lo divertida que resulta su apuesta, a un guión entretenido y sin altibajos, y sobre todo, a la profesionalidad de un director que nunca dejará de sorprendernos. “Chevy” Chase dice en una escena de la película que podrá perderlo todo menos el alma. Ya sabemos a quien debe agradecérselo.

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