II Edición
Crítica de Cine: El disfraz del drama

El disfraz del drama

  • Título: Mi vida en rosa
  • Título Original: Ma vie en rose
  • Alain Berliner
  • 1997
  • Bélgica

Es inevitable pensar en la doble función que Alain Berliner le encomienda a su película; ser una balsa salvavidas para los que sienten la ferocidad de la intolerancia, y una lección para los que aplican la misma sobre los otros. Sin embargo, Mi vida en rosa (Ma vie en rose) abraza al infantilismo con demasiada fuerza, a la magia inexistente, y se olvida de aportarle intensidad y desarrollo a la trama. No obstante, el guión de Berliner y Chris VanderStappen hace justicia a la idea nuclear del segundo; recuperar el gen retrógrado del rechazo por ignorancia, el abandono por culpa del “qué-dirán”, la búsqueda de apoyo constante, mientras el joven protagonista observa, incrédulo, el huracán que provoca su elección sexual.

No dejándose invadir por el comercialismo, la película tampoco desagarra como lo hace su premisa. Y es que Berliner prefiere contagiarse de la inocencia de su protagonista, a romper los esquemas y abandonar el constante tono melodramático. Todo parece evidente, superficial al fin y al cabo; expone los hechos –la discordancia psíquico-física de Ludovic, las confrontaciones con su familia, y las de la misma con el vecindario–, pero no profundiza en la intimidad del personaje. Esta elección por el entorno, en detrimento del sufrimiento interno, es la que hace de Mi vida en rosa (Ma vie en rose) una obra inmadura y edulcorada, educada en conmover desde la condescendencia.

Si el cineasta hubiese dotado de honestidad a la historia, como lo haría Duncan Tucker en 2005 con Transamérica, el público quedaría marcado por la reflexión de la temática, que no por su excesiva sensiblería. Aunque se echa de menos un análisis que evolucione positivamente, es cierto que funciona correctamente cuando se concentra en la crítica social. Los valores educativos son sutiles. Las relaciones interpersonales, poderosas píldoras de realidad. Más que una oda a la libertad, es un azote contra la represión, siendo este aspecto el que más se amolda a los golpes de la historia.

No hay que irse demasiado lejos para encontrar el paralelismo que, quizá, buscaba la película; la Madame Bovary de Gustave Flaubert. El cambio mental de un perfecto narrador de costumbres, descriptor de la antigua aristocracia francesa –en este caso, se trata de la clase media belga–, y vilipendiado por sus excesos, como antes lo había sido Charles Baudelaire. Excesos libertinos –relativos a todas luces–, mal vistos por la caverna conservadora, por la imperiosa necesidad de cumplir con los dictámenes de la buena imagen y la pureza del género. Berliner se inspira, pero no sirve como inspirador, sino como simplificador, hacia una zona estereotipada, una zona comandada por las hadas madrinas y los idealismos sin contraste.

También existe un paralelismo, se desconoce si intencionado o no, entre lo que George du Fresne realiza con naturalidad, y lo que el resto del reparto perpetra con alevosía. En cierto modo, el intérprete solventa su ejercicio enfrentándose, no sólo al reto de su conducta, sino a las réplicas sobreactuadas del entorno y las situaciones forzadas. El espectador asiste a la armonía entre la música de Dominique Dalcan y la melodía del actor, pero queda falto de ideas si atiende a la fotografía de Yves Cape.

En Mi vida en rosa (Ma vie en rose) se dan dos antagonismos, normalmente confusos para el público; lo sencillo y lo simple. Berliner hace sencillos los movimientos del protagonista, sin embargo, la causa se torna simple, poco atrevida y con un aire a almizcle que borra todo el trabajo de denuncia previa. A pesar de sus premios y nominaciones, el hecho de disfrazar al drama de tragicomedia aniñada es un error que le impide ser más grande.

3 Comentarios

  1. Menos mal que vi la película hace tiempo y se de que va, porque con tu critica no me he enterado de nada.

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