I Edición
Crítica de Cine: Sueños rotos, corazones valientes

Sueños rotos, corazones valientes

  • Título: Million Dollar Baby
  • Título Original: Million Dolar Baby
  • Clint Eastwood
  • 2004
  • EE.UU.

En 2004, el actor y director Clint Eastwood filmaba una película que alcanzaría la taquilla como un crochet de derecha, ganando por K.O. Una historia de superación y redención que se quedaría en el corazón de muchos espectadores. Un sueño inmortal que tocaba el cielo del cine y que hoy en día es todo un clásico. Se estrenaba Million Dollar Baby.

Eastwood, que ya había dirigido otros filmes de éxito y había sido aclamado por la crítica especializada, nos ponía delante esta vez una historia sencilla, pero desgarradora, tierna, pero dolorosa. La historia de Frankie Dunn y Maggie Fitzgerald, el duro y curtido entrenador y la joven púgil que quiere por encima de todo alcanzar un sueño que es todo para ella. El encuentro de dos almas perdidas compartiendo esperanza, tocando un cielo que no existía para ambos antes de conocerse.

Million Dollar Baby no es una película que hable de boxeo, al menos no en profundidad. No se trata del deporte. Es la excusa del bueno de Clint para hacernos llegar la idea, la base, el planteamiento de su película. Es un largometraje sobre la esperanza y la fragilidad del ser humano, y sobre todo, de lo que nos hace humanos. De lo fácil que es perder algo en un segundo para no volver a recuperarlo. Y Eastwood lo cuenta de un modo magistral, entre guantes de boxeo, recuerdos y lágrimas. La dura mirada de la experiencia y la prometedora mirada de la juventud, dándose un largo y sincero abrazo.

Frankie Dunn, (Eastwood) es uno de los mejores entrenadores de boxeo que además regenta un gimnasio, pero no entrena a chicas. Lo que no sabe, es que eso cambiará en el momento que conoce a Maggie (Hilary Swank), esa joven promesa que quiere triunfar en el deporte por encima de todo. Clint, que sabe rodearse de los mejores, eligió al gran Morgan Freeman (Scrap) como su mejor amigo en el film. Los consejos de Scrap junto a la determinación de la joven serán los motivos que iniciarán esta asociación.

Llegados al punto de inflexión de la película, y al igual que Frankie, quedamos sacudidos. Golpeados por un puñetazo imposible de esquivar: el de la vida. Y es que el corazón humano es, a veces, capaz de remontar lo insuperable, pero dejando heridas que no cierran nunca. Es el caso de Frankie y su pupila, una relación tan bella como triste. El mundo no tiene cabida para corazones tan grandes y valientes como los suyos, y hay momentos en los que es mejor retirarse. Tirar la toalla nunca fue una opción, pero cuando la vida te obliga no queda más remedio.

Million Dollar Baby es una preciosa y conmovedora historia, movida por dos seres humanos excepcionales aunque imperfectos, dentro de una improvisada historia de superación y salvación, y una de las mejores películas de Clint Eastwood. Sus cuatro premios Oscar y sus siete nominaciones la avalan. Extraordinario fenómeno hecho celuloide, se precia de tener a los actores principales en estado de gracia, dentro de un guión tan sobrio como sólido. Pero, no hay que olvidar que, tras verla, y merece más de un visionado por descontado, el corazón se sobrecoge. La historia de Maggie, esa chica que lo daba todo por un sueño, deja cicatriz en nosotros. Nos deja el corazón devastado y pensativo a partes iguales, dejándonos claro que hay puertas que es mejor que permanezcan cerradas, y promesas que, lejos de olvidarse, marcan para siempre.

Y es que el gran cine es ese, el que deja poso. Eastwood lo sabe bien, y nos regala esta historia en clave visual para recordarnos que, sólo somos personas, seres humanos imperfectos, con sueños y recuerdos como marcas de que hemos vivido. Y esa vida, aunque arañada y maltrecha al final, como la de Frankie, tiene que ser contada al mundo. Como ese plano final que se queda grabado en nuestro propio corazón y nos deja el eco inmortal de esa palabra en gaélico por la que preguntaba Maggie a Frankie: “Mo Cuishle”. Mi amor, mi sangre.
Un amor que duele más que cualquier golpe en un cuadrilátero, y que no se olvida jamás.

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