II Edición
Crítica de Cine: Esencia de espectáculo puro

Esencia de espectáculo puro

  • Título: Moulin Rouge
  • Baz Luhrmann
  • 2001
  • Australia

Baja el telón y… boquiabierta, así es cómo recuerdo salir del cine. Fue en uno de esos escasos y preciosos lugares que más que una sala de proyección son como un antiguo teatro bien remodelado, con un nuevo sistema de sonido y todas las comodidades. Y la diferencia vino marcada, sin duda, por el elemento sorpresa.

Raramente se trataba de una película de la que casi no tenía referencias, lo que tampoco era de extrañar hace unos años cuando la información era algo menos inmediata y accesible. Bien es cierto que su origen antípoda quizá tampoco ayudaba. También pudo ser que la promoción no había llegado a calar en mí o tal vez fue simplemente despiste. Aunque no era lo habitual, antes de comprar la entrada en taquilla siempre me ha gustado seleccionar al menos dónde pongo las mayores expectativas y elegir en qué empleo mi tiempo y mi dinero.

Aún puedo rememorar el recuerdo vívido de una sensación de absoluto e inesperado deleite. Una apreciación desde el más sincero de los reconocimientos de una poco dada espectadora a musicales y experimentos del tipo. La utilización del color fue uno de los componentes que recuerdo me cautivaron en mayor grado. ¿Qué decir del elaboradísimo trabajo de fotografía del veterano Donald McAlpine? faltan adjetivos adecuados, era algo extraordinario absorber toda aquella riqueza visual de la que se podría decir que era profusa, atrayente, intensa, el cordón umbilical con los asistentes por el que cada par de ojos recibía en su butaca un chute constante de emociones y pasión.

Admirable cómo cada apartado cinematográfico despliega todo su potencial entrelazándose con el resto en una sinfonía imborrable para la retina. Una apuesta sobre seguro con cada elemento logrado y un objetivo definido e imprescindible para la consecución de unas tomas brillantes y absolutamente deliciosas. Brillante dirección artística. Un juego de malabares donde pulir cada técnica resulta categóricamente imprescindible para el resultado final.

Una ambientación que transporta automáticamente al espectador a un París paralelo a comienzos del siglo XX, donde se presenta el Moulin Rouge como el corazón bombeante de la ciudad. El ritmo implacable y atrayente que impone la cinta propone un digno fondo de escenario propio del mayor de los cuentos de hadas, poniendo de manifiesto un mensaje de sueños improbables. Por más que todos los personajes tengan en común el mundanal objetivo de aspirar a una reputación digna comparten argumento con el afán de alcanzar el amor, la admiración por la belleza y el ansia de libertad.

Un reparto talentoso y polifacético, osado al tratarse de papeles que pueden marcar la diferencia entre el espaldarazo definitivo en la trayectoria de un intérprete o situarle en el ostracismo total. Unas actuaciones más que satisfactorias de la pareja protagonista Ewan McGregor y Nicole Kidman quienes, además de una obvia preparación vocal y de danza ex profeso, no aceptaban el reto carentes de cualidades propias. Excelente apoyo interpretativo del resto del elenco que consigue una totalidad dramática y cómica según las necesidades del guión.

Al igual que con la fotografía, la banda sonora podría ser considerada de mil modos distintos. Una labor encomiable de encaje de bolillos en la adaptación de éxitos pop de artistas como Elton John, Los Beatles, Queen, U2, Joe Cocker, David Bowie, Madonna y una enorme lista de aclamados músicos a nivel mundial. Teatro, música, danza y escritura se entremezclan para los protagonistas que emanan esencia de espectáculo puro dentro del espectáculo.

Es uno de esos films en los que cabe destacar también en mayúsculas el resultado del equipo de vestuario, de la mano de Catherine Martin (Oscar al mejor diseño de vestuario), que junto a peluquería y maquillaje aportan el carácter suficiente para el desarrollo del espíritu propio de cada personaje, al servicio de un visionario Baz Luhrmann (Romeo y Julieta) en su cruzada por dar una vuelta de tuerca al género musical en la gran pantalla y quien participó también como guionista y productor.

Complejidad desde el inicio del proyecto. Un proceso creativo que conllevó meses de investigación en torno al ambiente nocturno parisino en la época del cancán. Retrasos en el rodaje, llevado a cabo en sets construidos a medida en Sidney por un admirable departamento artístico. Tan solo en términos logísticos un auténtico trabajo de sincronismo debido al apabullante número de bailarines y actores en escena que supuso, sin duda, un reto digno de acometer y para el que Luhrmann contó con la labor del coreógrafo John O’Connell (El Gran Gatsby), quien ejecutó su cometido mediante relatos independientes narrados a través del movimiento y que se van sucediendo en los momentos estelares de la historia.

Situación similar se producía con el estreno que se tuvo que posponer, con las consecuentes dudas acerca de un proyecto monumental que fue cuestionado por la industria y que dio como resultado la propuesta a una treintena de reconocimientos por todo el mundo, incluyendo tres Globos de Oro y ocho nominaciones de la Academia, además de una no menospreciable recaudación en torno a los 170 millones de dólares.

El final de fiesta deja el regusto de un sentimiento completamente embriagador, con una sensibilidad a flor de piel que provoca casi poder percibir el perfume de las coristas, el aroma de los habanos de los caballeros portadores de sombrero de copa o el ambiente cargado que emana la pista de la pista de baile provocado por el derroche decadente y la lujuria velada.

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