II Edición
Crítica de Cine: La ciudad de los sueños

La ciudad de los sueños

  • Título: Mulholland Drive
  • David Lynch
  • 2001
  • EE.UU.

Ninguna otra ciudad simboliza mejor la materialización de los sueños como Los Angeles, California; esta urbe se ha convertido en un atractivo imán para los que a diario buscan fama y fortuna; los dos boletos de salida de eso que tanto odia la sociedad moderna: el anonimato. Y ¿qué mejor marco para desarrollar una historia de amor cargada de culpa, celos, angustia y dolor?

Para los que amamos el cine la vida se traduce en una búsqueda constante de la historia que logre conmovernos, aturdirnos o agitar en nosotros esas sensaciones que se volverán cada vez más adictivas; una que vez que la encontramos ya estamos perdidos, nuestra vida se convertirá en una carrera  en pos de la próxima dosis que como una droga nos permitirá sobrevivir un día más.

Mulholland Drive es para muchos la película que puso su mundo de cabeza y llevó sus sensaciones al límite, por lo que hasta hoy ha sido venerada y descuartizada en iguales proporciones, surgiendo diariamente foros que tratan de revelar sus secretos ya que su director David Lynch nunca ha querido hacerlo. Y es que tratar de explicarla quizá sea una tarea inútil, puesto que Lynch es un director que no recurre a algo tan corriente como la lógica sino que ataca a lo más complejo del ser humano como son las emociones, es por esto que es susceptible de tener múltiples interpretaciones.

Este sueño de un sueño o este sueño de culpa es uno de los más magistralmente contados en el cine, una combinación de historia de amor y de terror que conserva el ambiente oscuro y cargado tan propio de Lynch, autor que sabe contar historias de una forma tan única que incluso se acuñó el término “lynchiano” para referirse a su particular estilo, a su lenguaje narrativo y a sus métodos.

El tratamiento escrupuloso y casi obsesivo por los detalles quizá se deba a su formación previa como artista plástico; nada en Lynch es al azar, cada color, cada sonido, cada objeto, cada mirada hace parte de un todo indivisible. Perder un solo cuadro sería mutilar la historia, por lo tanto es fácil imaginar la meticulosidad con que debió elegir las piezas musicales para Mulholland Drive; donde la música es, se podría decir, el personaje principal y actúa de forma espléndida. Es, sin duda, el recurso más efectivo utilizado por Lynch para transmitir emociones.

El músico y compositor Angelo Baladamenti resultó ser uno de sus mejores colaboradores, de hecho una de las sociedades más admiradas en el mundo del cine. Él ha sido responsable de las bandas sonoras de la mayoría de sus trabajos y en esta ocasión logra, desde los primeros minutos, sumergirnos en ese ambiente enigmático y enfermizo. Baladamenti  junto con Lynch se vale de melodías muy parecidas a las que hicieron para Twin Peaks, que tienen la particularidad de ser muy dulces y sosegadas en apariencia, pero impregnadas de un subtexto que llena la atmósfera de terror y oscuridad.

Un ejemplo de esto es el primer track Jitterbug de ritmo frenético pero desconcertante que se funde en el segundo track Mulholland Drive, cuya melodía parece atraer a la esbelta limosina por la sinuosa carretera onírica, un cambio brusco que no deja en ningún momento de mantener el mismo ambiente cargado e intrigante. Se podría decir que desde allí comienza el arrebatamiento hacia la nave nodriza de la que no saldremos sino horas después completamente transformados.

Durante más de dos horas presenciaremos una historia fragmentada en dos grandes momentos: el primero arranca aparentemente en forma lineal en donde aparece una joven y dulce aspirante a actriz llamada Betty Elms (Naomi Watts), ella se enfrasca en descubrir la identidad de la bella y desmemoriada Rita (Laura Harring) hasta que ambas dan con un nombre: Diane Selwyn, que será la llave de toda esta enrevesada historia. El segundo momento se inicia cuando por fin encuentran a Diane Selwyn y partir de allí finaliza la búsqueda por la identidad de Rita, desaparece para siempre Betty Elms y la historia deja de ser lineal para dar paso a la revelación de todos los simbolismos vistos durante la primera parte y es donde comienza el verdadero drama.

Atado a estos dos momentos están también dos lugares clave en esta historia: La cafetería Winkies y el Club El Silencio; ambos lugares de transición, sueños dentro de sueños, que representan la culpa y el engaño respectivamente, allí se revelarán la mayoría de los secretos que guarda la atormentada Diane. Lo cierto es que explicar todos los misterios y todos los personajes requeriría elaborar un ensayo muy extenso.

Lo que más se valora de Mulholland Drive quizá no sea su intrincado argumento, sino el consistente trabajo narrativo que impide a la película decaer en algún momento, conservando altos los niveles de atención gracias a que cada cuadro nutre de datos la historia general; y esto, como todos reconocen, es evidencia de un talento fuera de serie por parte del director. El impecable guión que fue elaborado por él mismo Lynch, expone su maestría al conectar desde las emociones y no dese la lógica al espectador y eso es precisamente lo que hace tan adictiva no solo a esta película sino a toda su obra.

Lynch consigue con limitados elementos desarrollar escenas muy complejas y obtener de los actores su mayor fuerza interpretativa y emocional,  sin necesidad de muchos artilugios, ya que contó con un presupuesto muy bajo, supo sacar el mejor partido de los elementos que tenía a la mano, además de rodearse de un buen equipo. Pero quizá su logro más significativo sea que ha dejado su marca de tal forma en esta película que en el futuro es seguro que pocos recordarán el nombre de sus protagonistas, pero el nombre de su director se asociará a ella como un tatuaje, simplemente inseparables.

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