I Edición
Crítica de Cine: Negociador: Diálogos ex-machina

Negociador: Diálogos ex-machina

  • Título: Negociador
  • Borja Cobeaga
  • 2014
  • España

Borja Cobeaga es uno de los directores españoles más en forma de la actualidad. Con la secuela de Ochos apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014) a punto de estrenarse (con libreto co-escrito por él), es, además, un guionista que posee un fino gusto con el que sacar punta a los clichés y las maneras españolas, dando forma a una irreverente banalización de la idiosincrasia patria.

Por eso, el estreno de Negociador en septiembre de 2014 enmarcado en la sección Zabaltegi del Festival Internacional de Cine de San Sebastián era un acontecimiento cuanto menos llamativo. Siendo oriundo del País Vasco y habiendo despuntado gracias a los sketches de Vaya semanita que tanto éxito cosecharon para sus responsables, su particular visión de los diálogos que sentaron las bases para la paz entre el gobierno español y ETA era uno de los platos fuertes a tener en cuenta.

Sin embargo, vista con distancia y sin el hype mediante de lo que supone hablar del conflicto, la película se deshace sin tener siquiera un mínimo de efervescencia. Cierto es que la misión de hacer de una efeméride tan complicada una comedia no está al alcance de muchos y el riesgo que se asume es digno de alabanza; pero no es menos cierto que el arte no debe juzgarse por el riesgo que se asuma y sí por el resultado que se presente.

Manuel, trabajador del gobierno español, cree haber encontrado una vía de negociación con la que acabar por fin con el conflicto armado y dispuesto a conseguirlo acude de manera encubierta a reunirse con un representante del grupo terrorista, un mediador y una traductora en un hotel de una localidad perdida francesa. Esa es, a vuelapluma, la trama con la que arranca Negociador.

Cobeaga se autoimpone un complicado ejercicio en el que sus habituales trucos de guionista experimentado no le son convenientes. Los disparatados encontronazos y las confusiones que suelen poblar la comedia española son aquí difícilmente visitables por lo farragoso de la premisa. Por tanto, todo queda supeditado a las labores de diálogo, donde el espectador aguarda a que se le sorprenda con ingenio cubierto de rabia, bien dirigido hacia un lugar que diste de ser común.

Dos momentos en la cinta apuntan una sensación que se adhiere al espectador al terminar la película. Por un lado, la escena en la que Manuel hace vaga alusión al motivo de su visita en el hotel, intentando explicar a una extranjera qué es realmente el conflicto y cómo se ha podido a llegar a este punto. Por otro, una conversación entre los guardaespaldas de los dos representantes del gobierno, haciendo cábalas sobre lo que puede ocurrir con sus empleos de verse solidificada la paz. Ambas escenas marcan un contraste entre lo que parece querer hacer el director y lo que finalmente se ha atrevido a rodar: un quiero y no sé si debería, donde el callar es más seguro que el verbalizar.

Nadie pone en duda la valentía del realizador, no tanto así la de su discurso. No es fácil agradar a todos con un tema tan espinoso, pero precisamente por eso las faltas de agudeza se ven más descubiertas. Tampoco se le exige un planteamiento aguerrido, pero al no querer ofender, la conversación muere en un mar de simpleza estilística sin grandes influjos ni humorísticos ni comprometidos.

Mención aparte merece Ramón Barea. El actor bilbaíno soporta el peso del film con estoicidad, haciendo de un personaje con motivaciones poco claras alguien cercano, muy alejado de esa estereotipada imagen que se tiene de los expertos que se ven envueltos en este tipo de situaciones. El resto del plantel está conformado por caras (algunas conocidas) que disfrutan de poco tiempo en pantalla y quizá quien más llame la atención sea Carlos Areces, por lo desconocido de su registro en esta ocasión.

Negociador se ha convertido, desgraciadamente, en uno de sus proyectos que tanta expectación levantan y tan poco acaban dando. Con una muy buena premisa pero con pocas ideas claras (que denota su cortísima duración) todo queda en un ejercicio blando, edulcorado, sin ofensas.

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