II Edición
Crítica de Cine: ¿A qué precio?

¿A qué precio?

  • Título: Nightcrawler
  • Dan Gilroy
  • 2014
  • EE.UU.

Imagina, Los Ángeles, California, una de las mayores urbes de Estados Unidos, cae la noche y aparecen los depredadores de una exacerbada sociedad consumista que se rinde ante el reconocimiento ajeno como medida de éxito en la vida de un ser humano. Una historia contada con plena consciencia del entorno ya que gran parte del equipo de rodaje como el director, el responsable de la fotografía, el compositor, así como el actor y la actriz protagonistas, todos oriundos del estado dorado, son grandes conocedores del terreno que pisaban al filmar esta película.

Nos encontramos con un trabajo que resulta un experimento social bajo el microscopio y que convierte al espectador en voyeur, siendo uno de los vehículos para el desarrollo del argumento las miradas de los personajes que, en los planos cortos y bajo una atento escrutinio, dejan entrever toda una serie de turbias intenciones en contraste con las expresiones faciales de falsa aprobación y cordialidad. En la capa superficial de la historia esa curiosidad malsana que tenemos los humanos de asomarnos con absoluta frialdad a la desgracia ajena, convirtiéndonos en observadores pasivos de situaciones de vida o muerte y desgracias inesperadas de otros.

El trabajo de fotografía nos propone un retrato clásico y sereno de la ciudad, presenta a la perfección el patrón que se va dibujando en los ciento diecisiete minutos de película y que, además, es de agradecer que se mantenga hasta el final de los títulos de crédito. Esta aparente calma luce en contraste con el inquietante aspecto que exhibe el protagonista, Louis Bloom (Jake Gyllenhaal), un sociópata capaz de actuar en público de forma camaleónica según se le van presentando las circunstancias y oportunidades. Organizado y pausado en sus movimientos da la sensación de anormalidad desde el primer minuto, resultando el director de su propia y galopante fantasía como reportero freelance.

A lo largo de la trama se convierte en admirador de la directora de informativos local Nina (Rene Russo) por su obstinación en el trabajo, lo que él traduce como profesionalidad y que en ocasiones raya en la carencia total de ética periodística. Un guiño a la profesión, donde la realidad expone que con frecuencia se trata de audiencia, vanidad y negocio rentable. Como resultado un mal menor ampliamente tolerado, la actitud reprochable del periodista en su enfervorizada creencia de poseedor absoluto de la verdad.

El personaje de Russo se presenta a través del desarrollo de la historia como una versión light y vagamente escrupulosa de la total falta de humanidad y reticencias de Lou, si bien finalmente se confirma que cualquiera es manipulable o, al menos, puede caer con rápida permisividad en la autocomplacencia.

La música, del estadounidense multinominado al Oscar James Newton Howard, se convierte en el acompañante perfecto ante las andanzas del protagonista, que va sembrando el desconcierto en el espectador y generando admiración por su carácter perseverante, aunque ¿a qué precio? Los acordes sugieren un desenlace positivo que la audiencia sabe que no tiene cabida en los sucesivos fotogramas, teniendo en cuenta el universo perverso y malsano que crea Gyllenhaal a lo largo y ancho de su excelente actuación, para la que incluso perdió cerca de diez kilos en su afán por caracterizar a un desconcertante aspirante a periodista de renombre.

El guión, elaborado por el también director novel de la película Dan Gilroy, relata cómo la visión ilusoria del protagonista alcanza nuevas cotas de forma progresiva, manifestándose a través de su expresión en éxtasis en auténticos momentos de tensión o la instantánea desconexión que transmite en situaciones de contrariedad mediante una angustiosa inacción, lo que ayuda a mantener la intriga en todo el film. En otros momentos de supuesto relax se observa un comportamiento antinatural que pone de manifiesto por una parte sus escasas habilidades sociales y por otra su automatismo como ser perturbado.

Conforme avanza la trama sucede que la curiosidad creciente por saber si Bloom conseguirá su objetivo provoca el favoritismo del espectador en el punto álgido de la historia, a la par que se toma conciencia de un mayor grado de obsesión y compulsión, además de la consiguiente antipatía.

Toda la crudeza de un comportamiento carente de empatía y focalizado en el control de todo cuanto le rodea, en su máximo exponente en la única escena rodada fuera del entorno profesional entre los dos protagonistas y que remarca una realidad común, todos perseguimos algún objetivo y hacemos cuanto podemos para conseguirlo, sea o no social y moralmente aceptable.

El partenaire de Bloom recorriendo la ciudad resulta ser el sin techo Rick (Riz Ahmed) con quien acaba trabajando y sobre quien ejerce un constante abuso psicológico y hostigamiento, llegando a límites paranoicos. Un instrumento para el personaje de Gyllenhaal sobre el que volcar sus frustraciones y que en última instancia se convierte en otro de sus figurados obstáculos y fijaciones.

Los principios en los que se basa el protagonista, como en qué soy bueno o qué me gusta hacer, son dos de los grandes pilares comunes establecidos como indicadores del éxito y el reconocimiento que, aunque se trata de un factor engañoso del éxito, es lo que todo ser humano busca en la cúspide de la pirámide. Un esquema que da como resultado un inquietante thriller que bien le valió hacerse con el triunfo en más de treinta ocasiones del casi centenar de nominaciones a premios por todo el mundo.

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