Fuera de Concurso
Crítica de Cine: Cepillar las palabras

Cepillar las palabras

  • Título: Pontypool
  • Bruce McDonald
  • 2008
  • Canadá

Desconozco si esa sensación nacida de la repetición incesante de una palabra que provoca la evaporación de su sentido tiene algún término o hay algún fenómeno psicológico que lo atestigüe. Sea como fuere, es una sensación bastante corriente, dentro de los límites de lo asequible (si no, el lenguaje perdería por completo su pragmaticidad). La disociación entre el contenido y la forma, entre el significante y el significado, entre la materia y su sentido. Una desunión que desemboca en lo ridículo. Sentimos que aquello a lo que estamos acostumbrados, las palabras, una palabra, ha sido despojada de su esencia, de su ser. Se transforma en una simple encadenación de sonidos que nos extraña, nos desorienta, nos reposiciona quizás en el origen del lenguaje: la necesidad de vincular una materia a un sentido, asociar el significante y el significado.

Pontypool, recurriendo al marco genérico del cine de terror, nos invita a reflexionar sobre esta situación alienante del lenguaje. Una situación en la que nuestra conciencia sobre el poder de las palabras y nuestra consecuente responsabilidad con su empleo y cuidado cobra relevancia. En estos tiempos en los que la hiperexposición a expresiones lingüísticas (entendidas en sentido amplio) nos sumerge en un mar de significaciones abusivas con nuestras conciencias, es necesario recuperar el sentido del lenguaje, de las palabras; acariciarlas y no permitir que la repetición incesante provoque la pérdida irremediable de su sentido. No podemos convertirnos en zombies de las palabras, en personas que, por haber olvidado la natural conciliación entre significante y significado, recorramos las calles reiterando mecánicamente aquello que hemos oído. Sin recordar que eso que decimos es aquello nos ata, nos vincula y nos permite construir nuestro(s) mundo(s).

Y es que el lenguaje, la palabra, sirve para eso, para hacer de nuestro mundo un conjunto moldeable a su sentido, a los sentidos que le imprimimos con su forma. Por eso, la conciliación, la asociación perfecta entre la materia y el sentido debe animarnos a no perder su sabor, su textura y su origen: el vincular nuestros sentidos a la materia del lenguaje. No perdamos esta conciencia y promovamos un amor al lenguaje que nos libre de las conciencias zombificadoras.

Pontypool en un arriesgado, pero a la vez acertado formato, predica con el ejemplo. Bruce McDonald, sirviéndose del marco genérico del cine de terror, lo emplea con la inteligencia suficiente para no crear un producto más de género, sino para hablar de algo dentro de un género. De algo que provoca terror, que atemoriza a las personas. ¿No es terrorífico sentir cómo las palabras pierden su sentido, cómo los medios de comunicación expanden en sus ondas irresponsablmenete la falta de amor a la palabra?. En este caso, el género no es un fin en sí mismo, sino un útil para reconciliar las estructuras convencionales del cine de terror con su sentido, esto es, hablar de algo para la gente de su tiempo. Y, repito, no hay quizás tema de mayor urgencia que el de recuperar las palabras, para librarnos de la barbarie en la que nos estamos sumergiendo. Aquella en la que la reflexión y el amor a la palabra están ahogados por una amplificación constante de mensajes carentes de razón, carentes de su vinculación al mensajero, al barbero de las palabras.

Deja un comentario