II Edición
Crítica de Cine: Más allá del discurso feminazi

Más allá del discurso feminazi

  • Título: Rumores y mentiras
  • Título Original: Easy A
  • Will Gluck
  • 2010
  • EE.UU.

Una mentira es el origen de todos los problemas de Olive Penderghast (Emma Stone) una joven que pasa desapercibida en la secundaria siendo la típica invisible, tan correcta y tan normal que nadie la nota. Es muy probable que solo la foto grupal en la graduación pueda dar cuenta de su paso por la preparatoria. Ella lo sabe y parece no importarle, no busca salir de su anonimato, no busca ser popular, lo que busca es zafarse de su molesta amiga Rhiannon (Alyson Michalka) quien le insiste en pasar con ella el fin de semana. Olive no quiere ir y se vale de una excusa, pero para hacerlo comete un error: miente.

Y la mentira que inventa Olive hurgará en una cuestión que atañe a todas las edades y es especialmente cruel en la adolescencia: el sexo. Entonces ella, ajena a todos estos menesteres, se da cuenta del poder de su mentira y como sin querer se encuentra en la mitad de un torbellino que busca usar a su favor tratando de sobresalir por primera vez y cuestionando sus imaginarios sobre el sexo, pero sufre en carne propia la crudeza social de cómo se asume la pérdida de la virginidad en la mujer y cómo se asume en el hombre.

Este hecho se hace perfectamente evidente cuando Olive y Brandon (Dan Byrd) salen de la habitación en la que han fingido tener sexo. Primero sale Brandon y luego Olive y el mundo que los recibe no será igual para los dos. Ese es quizá el verdadero quiebre de la película, la puerta que traspasan es ahora el portal a la otra dimensión que despertará el espíritu subversivo de Olive y será la inflexión que truncará todo su sistema de creencias.

La forma de protesta que adquiere Olive la toma de la clase del profesor Griffith (Thomas Haden Church) en la que estudian La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, ella crea una versión modernizada de la sufrida Hester Prynne, utilizando al igual que ella el silencio como arma de lucha, pero sin asumir sus aflicciones a largo plazo. Lo que si adopta es la marca de la vergüenza, la gran letra A en color rojo (escarlata) sobre su pecho izquierdo, que a diferencia de la novela y de las dos películas inspiradas en la obra, es autoimpuesta como una forma de retar tanto a la escuela como a sí misma.

Rumores y mentiras es pues una película que detrás de las escenas cómicas y la belleza de Emma Stone, arroja claramente un discurso feminista, pero su alegato cruza la esfera feminazi de la desigualdad por culpa de la supremacía varonil, al abordar a su vez la angustia que sufre el hombre adolescente, derrotado muchas veces ante la presión social por demostrar su virilidad.

La pérdida de la virginidad es un tema trillado en el cine y afortunadamente en esta película está trabajado con gracia, vemos las desigualdades de sexos pero sin tomar partido, poniendo en duda que alguien tenga tanta valentía a los dieciséis, pero sin dejar de creerlo. Esta es la segunda película del director Will Gluck (Con derecho a roce) que evidentemente lo puso en la esfera pública con un producto bien logrado y ajustado al género.

De hecho Gluck le hace un homenaje dentro de la película al director John Hughes, el gran pionero del género adolescente y el responsable de haberlo consolidado. En una de sus escenas Olive menciona que añora el romanticismo de las películas de los ochenta:

“Quiero a John Cusack con un tocacintas fuera de mi ventana [Un gran amor, Say anything], quiero irme en una podadora con Patrick Dempsey [No puedes comprar mi amor, Can´t Buy me Love], que Jake me espere fuera de la iglesia [Dieciséis velas, Sixteen Candles], que Judd Nelson levante el puño porque sabe que me conquistó [El club de los cinco, The Breakfast Club], quiero que mi vida parezca una película, una con un número musical increíble e injustificado [Todo en un día, Ferris Bueller’s Day off] pero… John Hughes no dirigió mi vida”.

Hughes como nadie supo manejar a su favor los clichés típicos de este género realizando exitosos trabajos en los que retrataba la vida del adolescente norteamericano y ahora sus películas son clásicas y John Hughes se convirtió en un autor de culto al traspasar la esfera mundial intuyendo que los adolescentes son iguales en todas partes y los aquejan los mismos conflictos.

Y es que el género adolescente se vale de una serie de estereotipos que funcionan en todas las culturas, en todos los colegios del mundo está la bonita, la fea, los populares, los raros, el deportista, el estudioso, el vago, el rebelde, el inadaptado, el marginado, el solitario, el freak, etc. por lo tanto es fácil para cualquier adolescente sentirse identificado con este tipo de películas y resultarles cercanas así nunca hayan visto un balón de fútbol americano y las porristas sean para él, algo así como la santísima trinidad.

En el caso del género adolescente norteamericano las tramas no se alejan de lugares igualmente estereotipados como el instituto, los bailes de fin de año, las fiestas alocadas, las canchas y demás, que esta película conserva, tiene todo lo que una película adolescente espera tener, sin ninguna sorpresa, pero su humor y puesta en escena la hacen sobresalir entre la basura en que se ha convertido este género en los últimos años.

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