Fuera de Concurso
Crítica de Cine: Tránsito de fe. Silencio como respuesta

Tránsito de fe. Silencio como respuesta

  • Título: Silencio
  • Título Original: Silence
  • Martin Scorsese
  • 2016
  • EE.UU.

Es curioso, pero las dos últimas películas que he visto exploran el tema de la fe. Desde diferentes perspectivas y con diferentes procedimientos técnicos. Sin embargo, la fe es el centro argumental y temático de las obras. Quizás exista alguna extraña razón. Quizás sean las fechas, que invitan a elevar nuestros espíritus a los dilemas de lo divino. O quizás sea un renacer de la necesidad espiritual-religiosa de nuestras sociedades contemporáneas secularizadas. Esto último quizás sea demasiado prematuro afirmarlo; es solo una pequeña intuición que en un futuro pueda corroborarse. Sea como fuere, la última de estas dos películas es Silencio, de Martin Scorsese.

Dentro de la lógica de la fe, el filme es una exploración por los caminos de la creencia religiosa. Desde su férrea convicción, hasta los fosos de la incertidumbre. Un peregrinaje espiritual guiado por la búsqueda y el casi constante desencuentro. En este sentido, el título de la cinta es el correlato expresivo de la nada, de la falta de respuesta ante una fe que invoca un llamado. El silencio es el espacio para desarrollar los tortuosos caminos de la fe. Un silencio donde conviven la reflexión, la persecución introspectiva y el desengaño ante la realidad. Un silencio que parece canalizar la frustración, la convicción y el desamparo ante la ausencia de respuestas claras, evidentes.

Por otra parte, el silencio puede interpretarse como el correlato necesario para vivir en un entorno hostil. La película narra las pericias de dos misioneros jesuitas que viajan a Japón con la intención de encontrar a Ferreira, un jesuita pionero en las misiones del imperio del sol naciente. De esta forma, los frailes deberán descubrir lo inhóspito que es Japón para la religión católica. Así, la clandestinidad, el miedo, la posibilidad de caer en las torturas de la inquisición nipona se presentan cómo las formas de repulsión. Solo frenada por la acogida de los católicos japoneses, pobres campesinos que parecen abrazar la fe católica por desesperación y, evidentemente, bajo sus parámetros culturales. Esto último crea una tensión en la misión de los soldados de Cristo, pues su evangelización choca frontalmente con las malas interpretaciones de los habitantes nativos. A lo que se suma la frontera lingüística.

Así pues, el silencio es el espacio de la búsqueda, los encuentros y los desencuentros. Pero, por otro lado, acabará por ser el refugio de la fe. El cobijo donde preservar la identidad cultural y católica en la adaptación a un mundo hostil. Donde no prolifera nada, donde no pueden brotar los frutos de la raíz, pues en una ciénaga no crece nada.

Por último, queremos subrayar la expresión formal y técnica de la película. Si el eje central es la fe y, consecuentemente, sus caminos oscilantes, el espacio físico, geográfco y material donde se sitúan los personajes crea un contraste conflictivo. Es decir, la vertebración temática de la obra, fundada en el plano espiritual del ser humano, se inscribe en un mundo donde la realidad se hace excesivamente sensible: la suciedad de los personajes, la ambientación, la presentación palmaria de las toruturas. Todo ello crea un espacio material que encierra y a la vez casi expulsa los sentidos de la fe. Quizás sea ese uno de los grandes aciertos de la película. La exposición de una realidad tangible que confronta y repele el espíritu de la fe. Hecho que traumatiza y provoca un ritmo fílmico cercano al calvario. La película, por su elección temática y formal, supone una peregrinación por los sufrimientos de lo espiritual y lo corporal. Y, en ambos planos, en fluir de la decepción, el recogimiento y la repulsión. Por tanto, no esperen una película dinámica, sino un viaje por los silentes caminos de la fe.

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