I Edición
Crítica de Cine: Star Wars y la historia de mi educación sentimental

Star Wars y la historia de mi educación sentimental

  • Título: Star Wars: El despertar de la Fuerza
  • Título Original: Star Wars. Episode VII: The Force Awakens
  • J. J. Abrams
  • 2015
  • EE.UU.

Un recuerdo constante de mi infancia es el de los muchos fines de semana en que mi hermano y yo, envueltos en mantas y tostadas con miel, veíamos las tres películas originales de Star Wars, salidas de aquella caja de cartón que se abría como si fuese un crucero espacial con los ya gastados VHS. Cuando terminaba la trilogía, la volvíamos a poner, en bucle, no queríamos abandonar esa galaxia muy muy lejana. Las precuelas, monumento al exceso y la confusión, coincidieron con mi adolescencia, que como toda adolescencia, tuvo mucho de exceso y confusión. Cuando se estrenó La venganza de los Sith, yo abandonaba la casa de mis padres para eso de “hacerme un hombre” (que suena mucho más épico que decir que empecé a estudiar una carrera de dudosa utilidad). Ahora, con casi 30 años, vuelvo a esa galaxia muy muy lejana, y escribo este párrafo no simplemente como un arrebato nostálgico (que también), sino como reflexión de que Star Wars ha estado siempre, siempre, presente en mi vida, como parte de mi educación sentimental, de mi educación visual, y de mi voraz apetito de sueños.

Por eso es difícil desembarazarse de la nostalgia y apreciar El despertar de la Fuerza como una sola experiencia cinematográfica. Y más difícil aún tratar de mirarla sin tener presente toda la maquinaria publicitaria que genera y lo que eso supone. ¿Cómo apreciar la integridad artística de una película si la sola existencia de esta parece construida como si fuese a cotizar en bolsa; y además se trata de un universo construido desde tu más tierna y subjetiva infancia? La gran pregunta que cabe hacerse entonces, al margen de todo lo demás: ¿Es Star Wars: El Despertar de la Fuerza, una buena película?

Y yo respondo con un rotundo sí. Porque apela al subconsciente colectivo de varias generaciones, y a aquella educación sentimental, con el factor nostalgia, pero esta película no es sólo una evocación y homenaje de otra(s), también tiene entidad en sí misma. Sus recursos pretéritos no son traídos como piezas de museo, sino que se muestra su evolución natural desde lo más profundo de esas almas (humanas o de metal: Han, Luke, Leia, Chewaca, R2D2, C3PO, el Halcón Milenario, La Fuerza… vuelven a ser ellos, pero también han pasado 30 años, y cada arruga de sus rostros o anacronía de sus diseños es un motivo para emocionarse.), y a la vez el relevo generacional no sólo no aparece forzado para construir más y más secuelas, sino que parece no poder vivir sin lo anterior, y a su vez tener tanto encanto, entidad, carisma y tanta personalidad como los antes mencionados (a la media hora de metraje ya no quería separarme, nunca, de esos maravillosos personajes que compondrán el futuro de la galaxia: Rey, Finn, Poe Dameron, BB-2, Kylo, Phasma… tan bien interpretados/definidos/diseñados que cada uno de ellos es otro motivo para emocionarse).

J.J. Abrams, al que mucho se acusa de construir castillos de cartón, ya había salvado de la quema dos sagas (Misión imposible y Star Trek), jugado con la nostalgia en Super 8, y, por qué no ligarlo, creado unas heroínas femeninas tan potentes como esta magistral Daisy Riley de El despertar de la Fuerza, con la Jennifer Garner de Alias, y con personajes tan buenos como los de Kate, Sun y Juliet en Perdidos. Con este bagaje, puedo decir sin miedo a equivocarme que Abrams encuentra el equilibrio entre varias fuerzas: las de su propia personalidad y su estilo, la de el respeto a la saga original, y el breve capón a sus secuelas (así percibí yo el gran rayo rojo que cae sobre Coruscant), la del homenaje al pasado pero la visión de futuro, la de construir un espectáculo que no se ahogue en sus trucajes, la de devolver a Star Wars su verdadero espíritu aventurero alejándose de las intrigas palaciegas, los enarbolados dramas shakespirianos y los problemas político-mercantiles con los que Lucas quiso darse importancia.

Pero de nuevo, y sin quererlo, me desvío al valorar si El despertar de la Fuerza es, por sí misma, una buena película. Lo es. Su ritmo, su imaginación, su construcción de personajes y de posibles caminos futuros, sus giros argumentales (que sacudieron, de un plumazo, toda mi infancia y el yo que era entonces)… todo en esta película tiene un sentido, incluso sus incógnitas. Y es impagable, volver a escuchar en una sala de cine sonoros aplausos, sólo audibles, claro, para quien esté allí, como celebración de la experiencia colectiva; o sentir que ese escalofrío cuando la magistral partitura de John Williams suena de nuevo en un espacio estrellado… sentir que ese escalofrío no es sólo tuyo, sino también de toda la sala de cine, de toda tu generación, las anteriores y las futuras. Y de nuevo, aparece la nostalgia…

Julio Rojas

19 diciembre, 2015
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2 comentarios

2 Comentarios

  1. Coincido totalmente, porque yo también las veía en bucle… aunque luego me tocara limpiar la miel pegajosa de sofá y almohadones.

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