I Edición
Crítica de Cine: Un castillo de corrupción y poder

Un castillo de corrupción y poder

  • Título: The Fool
  • Título Original: Durak
  • Yuri Bykov
  • 2014
  • Rusia

La insurrección contra los efectos y consecuencias de un poder centralizado en un aparato político corrupto que impregna a toda la sociedad, es personificada en la figura de Dima Nikitin. Un padre de familia que desarrolla su vida en una pequeña ciudad rusa en compañía de sus padres, mujer e hijo; trabajando de fontanero para mantener a los suyos y poder pagarse sus estudios universitarios. Un hombre humilde e íntegro, cuya vida se ve alterada por el aviso de un incidente en un complejo residencial que pondrá en grave peligro a las 800 personas residentes en él: alcohólicos, drogadictos, marginados sociales y maltratadores.

El reventón de una tubería desencadena en un conflicto de intereses y poderes, cuyo detonante es el propio Dima Nikitin. Pues, a su llegada al complejo residencial y después de un análisis superficial de la situación del edificio, descubre que el inmueble se encuentra en un estado ruinoso y sus ocupantes deben ser evacuados, la catástrofe es inminente. Dima intenta derivar la responsabilidad al verdadero culpable de esta situación, a saber, el encargado del sector y sus desviaciones de fondos públicos, con la connivencia de la alcaldesa, los otros encargados de sector y los poderes de la ciudad. Ante la impasibilidad de las autoridades, y su idealismo moral, Dima decide tomar las riendas de la situación en contra de las objeciones de su esposa y su madre. Se presenta en el cumpleaños de la alcaldesa de la ciudad y le expone la situación, destapando para el espectador la corrupción incontrolable, la manipulación y la connivencia de la ciudad y sus poderes, así como su falta de escrúpulos.

Durak expone la moralidad de una sociedad que lucha por la supervivencia individual participando del miedo y la violencia que los rodea. Utilizando la ciudad como metáfora de dicha sociedad, en la que se representan las luchas de poder. Donde los poderes se personifican, muestran sus caras, sus dudas, sus puntos débiles. Las ciudades engendradas como un gran juego en el cada persona que quiera participar en él, tendrán que aceptar los papeles asignados. Donde las personas que te invitan a jugar son los encargados de establecer las reglas. Reglas faltas de moral, de sensibilidad, de humanidad. Donde Dima Nikitin decide ser fiel a sus ideales, y emprender una lucha que puede acarrear su propia caída, pero su conciencia se mantendrá íntegra, realzando el valor y la resistencia individual. La ciudad pierde a los ojos del solitario su complejidad y su riqueza, apareciendo bajo la oscura forma de una masa incolora e indiscriminada, sin rostro, sin matiz, de la que sólo se adquiere noticia en tanto la subjetividad se halle afectada por ella. En modo de noticia hostil y descorazonadora.

Dima Nikitin de forma indirecta, quizás de forma no consciente, abre el espacio sobre el cual se piensa, se actúa y vive, se cree y se deja de creer en esa edad en que no hay héroes, en esa cultura contemporánea en la que no hay ya protagonistas: en la que las calles, al igual que en esa misteriosa y premonitoria ciudad, nunca llevan a ninguna parte, quedando como objetivo de cada tramo del laberinto un nuevo laberinto, apareciendo como impulso que artícula los tramos de una figura obsesiva.

Desde cualquier punto de esa ciudad inquietante, se percibe la silueta del Castillo. Un monumento desacralizado, convertido en objeto permanente de búsqueda infructuosa, pero también de parálisis y pesadilla. Una fortificación en cuyo interior batallan potencias en conflicto sin alcanzar acuerdo, por cuanto cada una de ellas defiende impulsos e intereses contrapuestos, asistiendo a una sucesión algo caótica de dinastías inestables, cada una de las cuales establece una precaria hegemonía mediante el dominio de las restantes. Clases, estamentos y bloques constituyen entonces el arsenal metafórico que nutre las confrontaciones del poder, las pulsiones y los afectos, con las virtudes y las facultades.

Los enemigos no son, por consiguiente, entidades objetivas, son las propias cavernas de la fortaleza interior, sus pasadizos subterráneos, sus abismos, allí donde se refugia el adversario que, en forma de demonio y espíritu de la negación, lanza sus peores ofensivas.

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