Fuera de Concurso
Crítica de Cine: De la mirada escondida, la mirada que esconde

De la mirada escondida, la mirada que esconde

  • Título: The Girlfriend Experience
  • Amy Seimetz, Lodge Kerrigan
  • 2016
  • EE.UU.

El formato televisivo de The Girlfriend Experience ha supuesto un reciente descubrimiento para el archivo de mi sensibilidad. Una miniserie de trece capítulos con una duración en torno a los 25 minutos cada uno. Una miniserie que, pese a la brevedad de sus capítulos, casi más propia de una sitcom, esconde en su relato una densidad emocional y psicológica, que demuestra la reconciliación de la imagen en movimiento con la precisión y técnica artística. Quiero decir, cada instante, cada plano, cada elemento queda supeditado a la construcción, mejor dicho, creación del relato y ritmo cinematográfico. De esta forma, la miniserie abandona los convencionalismos del lenguaje cinematográfico, donde los recursos se emplean de forma casi mecánica y soporífera, para fluir en una articulación cinematográfica que simula la naturalidad, la respiración, lo orgánico.

De hecho, creo que el naturalismo puede ser el concepto clave que cohesione la opción técnica adoptada en The Girlfriend Experience. Se expone, de este modo, de forma natural, sin juzgar y, más bien, incluidos en el ritmo connatural al personaje principal, Christine Reade, su transformación en una señorita de compañía, scort de lujo o prostituta que satisface los deseos emocionales y sexuales de hombres de mediana edad y posición social acomodada.

En el sentido anteriormente expuesto, el relato cinematográfico de The Girlfriend Experience evita la exposición de dilemas o conflictos morales por el hecho mismo de ejercer la prostitución. Mejor dicho, estos conflictos morales no los sufre la protagonista, Christine Reade, sino que si son presentados en la miniserie, son, finalmente, expresados por sus allegados, por su entorno.

Christine Reade es la expresión de un personaje libre que decide meterse en el mundo de la prostitución de lujo por un gusto quizás morboso y que, definitivamente, decide continuar en él por el mismo gusto de hacerlo. No solo es el dinero, no solo la buena vida, es también un placer psicológico que parece manifestarse en el poder ejercido sobre aquella persona que cree poseer el poder. Dicho de otra forma, la prostituta disfruta engañando al poder del cliente, invierte el orden de las reglas del juego, de forma sutil y, consecuentemente, adquiere un placer sexual psicológico superior.

Esta última actitud queda patente desde el primer capítulo, cuando Christine Reade no es todavía Chelsea. Participa en una relación sexual con un desconocido en la que ejercerá ese juego sutil y extraño. Impone sobre la voluntad y el deseo masculino una forma propia de disfrutar la sexualidad.

Si The Girlfriend Experience tiene el mérito de mostrar una actitud voluntaria hacia la prostitución y no volcar sobre ello una serie de juicios morales, también hay que reconocer su valentía al mostrar aquellas escenas que son expresión de lo obsceno, entendido este término en su sentido etimológico, como aquello que está fuera de escena. Me refiero a prácticas vinculadas a la cotidianeidad femenina que por razones que no alcanzo a descubrir suelen quedar ocultas en la oscuridad y, por ello en el desconocimiento. Pero The Girlfriend Experience es el relato naturalista y, por tanto, los sucesos y hechos propios de lo natural están ahí, patentes.

En definitiva, The Girlfriend Experience es una opción atractiva de esta nueva temporada de series. Esas series que no solo viven del guión, de la trama y las dosificadas dosis para seriéfilos. Es un relato cinematográfico tanto por el tema abordado, por su elección narrativa y por la mirada siempre misteriosa de su persona. Una mirada clara, diáfana y expresiva, pero que como todo punto simbólico muestra tanto como esconde.

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