Fuera de Concurso
Crítica de Cine: La red social

La red social

  • Título: The Wire
  • David Simon, Joe Chapelle, Ernest R. Dickenson
  • 2002
  • EE.UU.

Una vez, en una distendida charla sobre The Wire, llegué a la conclusión junto con mi interlocutor de que The Wire era el equivalente actual a Balzac. Si fuésemos del todo rigurosos, habría que decir que The Wire es el equivalente a La comedia humana y que David Simons y Ed Burns lo son a Balzac. En una charla distendida la conclusión no tiene más trascendencia. Las palabras son evanescentes y rápidamente se difumina su vigencia. Ahora, que me dedico a escribir esa reflexión, la prudencia me llama y me limita. Es decir, no me atrevo a decir que los guionistas de la serie afincada en Baltimore son la contraparte de Balzac, ni tampoco que sus obras se corresponden con La comedia humana.

Ahora bien, aunque no me atreva a decir eso, sí es verdad que el haber llegado a esa conclusión tenía su razón de ser y esto es lo que me lleva e escribir la siguiente reflexión sobre la serie que, si no ha recibido ya la aceptación por la mayoría de la crítica, debería recibirla.

Se ha dicho sobre ella y otras series que han renovado el panorama televisivo, que han demostrado que se puede hacer cine para televisión y que han descubierto nuevas formas de narrar historias para los espectadores. Todo esto seguramente sea tan verdadero como falso. Esto es, ¿The Wire, Los Soprano o Roma, por citar solamente series de la HBO, son los primeros productos de calidad creados para televisión? No lo creo, la verdad. En España, durante la década de los ochenta se adaptaron algunos de los clásicos de nuestra literatura, surgiendo así teleseries como Fortunata y Jacinta o La regenta. ¿No eran ellos ya productos de calidad? ¿Y Twin Peaks? Seguramente, podríamos rastrear más precedentes o productos culturales que desbaratasen la afirmación anterior. No obstante, es cierto que la HBO ha sido capaz de crear una imagen de marca en la que el espectador concede un voto de confianza a sus teleseries. En este sentido, The Wire, Los Soprano o cualquier otra serie de esta productora llevan el sello de un gusto particular y una paciencia con los creadores, para dejarles libertad y que puedan desarrollar sus obras sin el miedo de ser canceladas por los indicadores de audiencia.

The Wire es una de las grandes responsables de esta imagen que nos hemos formado sobre la HBO. Es una teleserie de calidad, tanto que me permitió establecer un día la comparación ya dicha con una de las plumas más relevantes del realismo literario. Y esta comparación es también tan verdadera como falsa. Es falsa porque estamos en dos momentos históricos diferentes y en dos modalidades expresivas diferentes, la novela y la teleserie.

Pero es cierta en la medida en que la naturaleza narrativa y la vocación realista de The Wire lo permiten. Es una teleserie que lejos de ahondar en los estereotipos prefiere indagar en el ser de sus personajes. De esta forma, los silencios, los espacios, los sonidos ambientales y el modo de actuar de los individuos son pinceladas que nos invitan a conformar un retrato. Es decir, los elementos compositivos dispuestos en The Wire están ahí a favor del todo, del conjunto. Si un personaje es silencioso, si las puertas de la comisaría chirrían o los juzgados están atiborrados de papeles, es para que nos formemos una imagen global de algo. De un algo que está ahí, latente en cada uno de los personajes, en cada una de las esquinas, en cada plano donde no hay acción aparente.

El personaje en The Wire no es un individuo, quizás tampoco lo sea la ciudad. El personaje es la red de contactos entre personas, las relaciones que surgen y se entrelazan, los conflictos de clase, los conflictos de intereses. El personaje de The Wire es lo social, la sociedad. Casi me inclino más a pensar que es lo social, más que la sociedad. La última es una realidad concreta (Baltimore). Lo primero es la esencia de cómo se construye la última. Y esto es lo que se respira en The Wire. Ver como con el paso de los capítulos, de las temporadas, de las horas robadas al sueño, se forma una sociedad, con todos y cada uno de los individuos. Policías comprometidos con su trabajo, pero borrachos. Chavales de barrio, trabajando en las esquinas, pero con inquietudes de adolescentes, de niños. Políticos con ambiciones, con afán de renovación, pero absorbidos por la red de relaciones que les precede. Da igual el ámbito de la sociedad en el que The Wire aproxime su mirada. Siempre se respira y se comprende que eso que se cuenta es posible.

Así pues, The Wire puede ser considerada una obra realista. Lo que sucede en la serie se contempla como posible. No solo por la verosimilitud de lo contado, sino también por pretender ser la representación de algo real. En otras palabras, The Wire tiene un correlato objetivo. Por una parte, está el mundo de la serie. Por otra, el mundo de la realidad palpable. Pero no existe disonancia entre ellos. Nos creemos que la serie vive de la realidad y que la realidad es la serie. Todo lo que narra The Wire es el plano general de una sociedad, dividido en pequeños tramos que nos sirven para humanizar la historia, pero no son las partes las que mandan, sino su relación entre ellas. El poder no es de los personajes, es de la sociedad que los entrelaza.

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