II Edición
Crítica de Cine: La psicología de la verdad

La psicología de la verdad

  • Título: Una historia real
  • Título Original: True Story
  • Rupert Goold
  • 2015
  • EE.UU.

Rupert Goold elabora su ópera prima en base a la adaptación de David Kajganich de las memorias de Michael Finkel, reconocido periodista (ex de The New York Times). Y lo hace como el bisoño escritor que quiere convencer a todo el mundo de que la búsqueda de la verdad, y la verdad en sí misma, viven coetáneas en su reportaje. Sin embargo, a Una historia real (True Story) le falta credibilidad donde le sobra tensión, le falta fluidez narrativa donde le sobra caos formal. Aunque el thriller se hace hueco con paciencia, como quien no desespera por perder el último tren de la madrugada, el aroma a telefilme no desaparece ni con la mejor partida entre las miradas de Jonah Hill y James Franco. No obstante, conviene no dejar en el tintero que enfrentándose a una historia real, lo que vale, en último término, es mantenerse fiel al relato. Y el tándem Goold-Kajganich lo consigue.

Como una novela rutinaria, el guión da vueltas alrededor de una misma conducta: un juego de divanes ajados por el género, donde la dirección asume sus temores y la historia se queda a la espera de un resorte que cambie la dirección (que no el sentido). El estilo casi tercergradista de Goold con la cámara provoca una inquietud buenista en sus personajes, un tono taciturno con el que entablar una relación psicológica entre ellos y el público, entre su realidad y la de verdad, y viceversa. Pero más allá de la terminología que, implícitamente, inunda la historia, lo que hace de Una historia real una película disfrutable es el respeto con el que Kajganich explica los motivos de uno y de otro, del gato y del ratón: Ambos buscan la redención. El problema es que, en su conflicto de intereses –el personaje de Hill busca la redención profesional y el de Franco anhela la redención vital– aparece un tercer compañero de viaje: la entraña personal, el alma profesional.

Donde bien podría haber deontología periodística, perturbación criminal y la simbiosis entre ambas, simplemente se encuentra el dramatismo de dos intérpretes que no consiguen desprenderse de ese halo paródico, ese que les ha encumbrado como perfectos invitados a una cena con gags y sketches como compensación al mal postre. El caleidoscopio narrativo de Goold circula demasiado rápido, demasiado impreciso, al igual que la figura que representa una desaprovechada Felicity Jones: El acompañamiento armónico que va una cuarta del compás por detrás del ritmo que marca el director.

Kajganich, bien secundado por la técnica de Goold, pretende escribir con ambigüedad, con guiños a Finkel –y al indiscutible protagonista de Una historia real, Christian Longo– que se quedan en la claridad y el simplismo de los novelistas mediocres, de esos a los que les falta investigar la mitad del caso para desarrollar su historia de manera que ésta no sólo se enmarque en el thriller de situación, sino que se convierta en un gran relato. Y de eso adolece la película, y también la intimidad ambiciosa de Goold: De escribir con libertad, de otorgarle un ritmo cinematográfico, una estructura narrativa que se aleje de ese telefilme de sobremesa que todo espectador está obligado a aguantar en las pedregosas tardes de domingo.

Una historia real es un vaivén sentimental donde el ego y su descendiente directo, el egoísmo, pasean sin demasiadas trabas, manteniendo la atención del espectador hasta tal punto que la revelación final, crediticia, resulta una decepción y, por ende, despierta una cuestión casi retórica: ¿Existe la verdad en la psicología de un hombre que no tiene nada que perder?

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