II Edición
Crítica de Cine: Un atisbo de luz entre tanta niebla

Un atisbo de luz entre tanta niebla

  • Título: Zodiac
  • David Fincher
  • 2007
  • EE.UU.

El libro de Robert Graysmith sirvió de inspiración al guión de James Vanderbilt; un ejercicio que aúna las investigaciones llevadas a cabo por dos detectives de San Francisco, varios periodistas del San Francisco Chronicle, y él, Robert Graysmith, dibujante del diario norteamericano, para desenmascarar los crímenes de un asesino en serie, con el sobrenombre de Zodiac. Situada en el marco de las grandes historias, Zodiac encuentra sus virtudes en la densidad narrativa con la que desarrolla la trama. Aunque la historia es mucho más imponente que las vicisitudes psicológicas del cine de Hitchcock, Fincher sabe dónde colocar las piezas del puzzle para que, no llegando a tocar el cielo, se mantenga el suspense en un nivel casi constante. Y ello es algo que no pasa desapercibido para el público, no sólo por sus largos 158’, sino por la obsesión con que están contados.

Es un craso error etiquetar, pues más que clasificar, se limitan las opciones de la película. En este caso, Zodiac admite modificaciones de muy buena gana, pues el thriller no existe, pero el traje de Fincher y Vanderbilt se ajusta con sumo grado a las expectativas del guión. Una de las grandes armas del director es esa capacidad para encuadrar las secuencias de manera que formen parte del espectáculo, y no como valor independiente. Harris Savides demuestra conocer las preferencias, leyendo a la luz de sus trabajos anteriores, la neblina que inunda cada mirada, diálogo o juego psicológico. Ello puede desubicar al público, pero he ahí la razón por la cual, los crímenes bien construidos, pueden convertirse en grandes espectáculos cinematográficos.

Si bien es cierto, la banda sonora de David Shire y el inquietante trabajo de Jake Gyllenhaal, hacen de ella un enorme experimento de atención, de suavidad y riesgo simultáneamente. No obstante, la dicotomía que admitían Hitchcock y Truffaut en sus conversaciones –los “complicadores” y los “simplificadores”– no tiene cabida en esta empresa; Fincher ejecuta una magnífica narración, pero ni la complica, y mucho menos la simplifica. Aquí las inquietudes y el magnetismo funcionan como una guillotina invertida; no corresponden a la ejecución, sino a la trayectoria.

Zodiac tiene el tono clásico de Harry, el sucio (Don Siegel, 1971) –de hecho, Fincher le hace un guiño durante la película–, ese ritmo noir que atrapa por denso, pero carece del silencio necesario para generar algo original, algo que evite, milagrosamente, la fatiga del público. Ese concepto puede surgir de Robert Downey Jr., el arquetipo de periodista que, como Míster Memory en 39 Escalones, da la sensación de morir por conciencia profesional.

Como ejercicio de estilo, perturbador y fan declarado de El Malvado Zaroff (Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932), es disfrutable, incluso referente para los incondicionales de Fincher. Como película definitiva sobre el asesino del zodiaco, debe hacer autocrítica y cercar un objetivo; o la perspectiva de Graysmith se simplifica, o todo el diseño de vestuario –magnífico, por otra parte– se recompensa con un lienzo clarificador, sin trazos inacabados, como una sólida luz entre las tinieblas.

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